Marijanska pobožnost
Los Mártires Jesuitas de Canadá y la Virgen María
Jean de Brébeuf, Isaac Jogues y sus compañeros — La devoción mariana en la Huronia del siglo XVII
Los primeros santos de América del Norte
En 1930, el papa Pío XI canonizó a ocho misioneros jesuitas que habían derramado su sangre en las tierras de lo que hoy es Canadá y el noreste de los Estados Unidos durante el siglo XVII. Eran los primeros santos canonizados procedentes del continente norteamericano, y su historia —una historia de misión, de valentía, de martirio y de profunda devoción a la Virgen María— es uno de los capítulos más extraordinarios de la historia de la Iglesia en el Nuevo Mundo.
Sus nombres son: Jean de Brébeuf, Isaac Jogues, Gabriel Lalemant, Antoine Daniel, Charles Garnier, Noël Chabanel, Jean de Lalande y René Goupil. Todos ellos eran franceses, todos jesuitas (excepto Goupil y Lalande, que eran donados, es decir, laicos asociados a la Compañía de Jesús). Todos ellos murieron entre 1642 y 1649, víctimas de la violencia de los conflictos entre los pueblos hurón-wendat y los iroqueses, en los que los misioneros quedaron atrapados por su presencia en el campo hurón.
Su fiesta se celebra el 19 de octubre en el calendario litúrgico de la Iglesia universal. En Canadá, son también copatrones de la nación. Fueron beatificados en 1925 y canonizados el 29 de junio de 1930 por el papa Pío XI.
La misión en la Huronia: evangelizar en el corazón del bosque
Para entender el martirio de los jesuitas canadienses, es necesario entender la empresa misionera en la que se embarcaron. La Huronia era el territorio de los pueblos hurón-wendat, una confederación de cuatro naciones que vivían al sur de la bahía Georgia, en lo que hoy es la provincia de Ontario. Era una región de bosques inmensos, de lagos innumerables, de inviernos de una ferocidad que los misioneros europeos no habían imaginado posible.
Los jesuitas llegaron a la Huronia en 1626, con Jean de Brébeuf como uno de sus primeros misioneros. La misión fue interrumpida por la conquista inglesa de Nueva Francia en 1629 y reanudada en 1634, cuando Brébeuf regresó con nuevos compañeros. En 1639, los jesuitas fundaron Sainte-Marie-aux-Hurons (Sainte-Marie-among-the-Hurons), un asentamiento permanente en el corazón del territorio wendat que funcionó como centro de la misión hasta su destrucción en 1649.
La vida en Sainte-Marie-aux-Hurons era dura para todos, pero especialmente para los misioneros. El frío extremo, la alimentación escasa y diferente, las enfermedades, las tensiones culturales, el rechazo de parte de la población nativa al mensaje cristiano, y la creciente amenaza de los ataques iroqueses hacían de la misión una empresa de permanente sacrificio.
Jean de Brébeuf: el apóstol de los hurones
De todos los mártires jesuitas, Jean de Brébeuf (1593-1649) es el más conocido y el más venerado. Nacido en Normandía, Francia, entró en la Compañía de Jesús en 1617 y llegó a Nueva Francia en 1625. Fue el primero de los jesuitas en vivir entre los hurones, y pasó más de quince años aprendiendo su lengua, estudiando su cultura y evangelizando con una paciencia y un respeto que los propios hurones reconocían.
Su dominio del idioma wendat fue extraordinario: aprendió la lengua de los hurones hasta el punto de escribir un diccionario, una gramática, un catecismo y una serie de textos litúrgicos en esa lengua. Sus Relations —las cartas anuales que los jesuitas enviaban a Francia relatando el avance de la misión— son documentos de un valor histórico y etnográfico excepcional, la fuente principal de nuestro conocimiento de la vida y la cultura de los hurones en el siglo XVII.
Brébeuf era un hombre de gran estatura física y de una robustez que impresionaba a los hurones, que le apodaron Echon (el que arrastra el peso). Su fortaleza física era solo el reflejo de su fortaleza espiritual: pasó varios años entre los hurones sin convertir a nadie, sin ver resultados visibles, y no se desanimó. Sabía que el tiempo de Dios es diferente del tiempo humano.
El Jesous Ahatonhia: la Virgen María como madre del pueblo wendat
La contribución más extraordinaria de Jean de Brébeuf a la espiritualidad cristiana americana es quizás el himno de Navidad que compuso probablemente hacia 1642 en lengua wendat: el Jesous Ahatonhia, que en español puede traducirse como «Jesús, ha nacido». Es el villancico más antiguo de Canadá, y uno de los primeros en todo el continente americano.
Lo que hace al Jesous Ahatonhia único en la historia de la música religiosa cristiana es su método de inculturación radical: Brébeuf no simplemente tradujo al wendat el texto de un villancico europeo. Reconstruyó toda la escena de la Natividad en términos que los hurones pudieran reconocer como propios. Jesús no nace en un establo de Belén: nace en una cabaña de corteza de árbol, en el bosque. No es arropado con telas finas: está envuelto en pieles de conejo. No lo visitan tres Reyes Magos con oro, incienso y mirra: lo visitan jefes indígenas que le traen pieles de zorro y castor.
Y la Virgen María —en el himno wendat— es representada en el lenguaje y la imagen que los oyentes pueden ver y reconocer: la Madre de Dios no es una dama lejana de un mundo extraño, sino una madre del pueblo que ha dado a luz al Salvador en el bosque de Huronia. La inculturación mariana de Brébeuf hace que María sea madre de todos, incluidos los hombres y mujeres de los pueblos del Gran Norte.
El himno fue olvidado durante más de un siglo después del martirio de Brébeuf. Fue recuperado hacia 1747-1794 por el padre de Villeneuve, un jesuita que recogió el texto de labios de los wendat de Lorette, Quebec, donde algunos sobrevivientes de la nación hurona se habían establecido. La versión en inglés que hoy se canta mundialmente —Twas in the Moon of Wintertime— fue compuesta por Jesse Edgar Middleton en 1926.
Isaac Jogues y el rosario en el cautiverio
Si Brébeuf es el símbolo del apóstol incansable, Isaac Jogues (1607-1646) es el símbolo del misionero que sufre sin rendirse. Nacido en Orléans, Francia, Jogues llegó a Nueva Francia en 1636 y comenzó su misión entre los hurones bajo la dirección de Brébeuf.
En agosto de 1642, Jogues viajaba en canoa desde Quebec hacia la Huronia acompañando a un grupo de misioneros y conversos hurones, cuando fueron atacados por una partida iroquesa mohawk. En el ataque, Jogues fue capturado junto a su compañero René Goupil —un laico que había renunciado a una carrera médica en Francia para servir como donado en las misiones— y varios hurones.
Goupil fue asesinado apenas días después de la captura, mientras enseñaba a unos niños hurones a hacerse la señal de la cruz. Fue enterrado por Jogues con un rosario en la mano, convirtiéndose en el primer mártir de la misión de Canadá. Jogues sobrevivió como esclavo de los mohawks durante trece meses, durante los cuales fue torturado sistemáticamente: le cortaron varios dedos de las manos, le quemaron, le hirieron. A pesar de todo, siguió ejerciendo su ministerio en secreto, bautizando a niños moribundos y consolando a otros cautivos.
Durante su cautiverio, Jogues rezaba el rosario cuando podía, a veces en voz muy baja, a veces simplemente contando en la mente las decenas de avemarías que sus dedos mutilados ya no podían contar en un rosario físico. María era para él la madre que no podía verle pero que sabía que estaba ahí, rezando con un prisionero que había perdido los dedos pero no la fe.
El martirio de Jean de Brébeuf: 16 de marzo de 1649
El 16 de marzo de 1649, una partida iroquesa atacó el pueblo hurón de Saint-Ignace, capturando a Jean de Brébeuf y a Gabriel Lalemant. Los llevaron al pueblo vecino de Taenhatentaron, donde fueron sometidos durante varias horas a un martirio de una crueldad que los testimonios posteriores no pueden leerse sin estremecerse.
Brébeuf soportó el tormento sin proferir un solo grito ni pedir misericordia. Los iroqueses, que lo habían conocido a lo largo de años de convivencia y le tenían un respeto mezclado con temor, quedaron impresionados por su resistencia. Para los jesuitas que recogieron estos testimonios, el comportamiento de Brébeuf fue la confirmación de que había ganado con su martirio el respeto que durante su vida de misionero había cultivado con paciencia.
Gabriel Lalemant, mucho más joven y de constitución más débil, sobrevivió diecisiete horas más que Brébeuf antes de morir el 17 de marzo de 1649. Las relaciones jesuitas describieron su martirio con el mismo horror y la misma admiración: el más frágil de los misioneros resultó ser, en la hora de la prueba, tan fuerte como el más robusto.
El relicario del corazón en la basílica de Midland
Después del martirio, los restos de Brébeuf y Lalemant fueron recuperados por los jesuitas supervivientes y guardados con reverencia. El corazón de Brébeuf, preservado de manera especial, fue enviado a Nueva Francia y más tarde a Francia, donde durante siglos fue venerado en diversas comunidades jesuitas. Hoy se conserva en la basílica de Sainte-Marie-among-the-Hurons, en Midland, Ontario, junto al lugar exacto donde Brébeuf vivió y trabajó durante los años de su misión. En septiembre de 1984, el papa Juan Pablo II oró ante el cráneo de Brébeuf durante su visita a Canadá.
La basílica de los Mártires en Midland, construida en 1926, es hoy uno de los principales santuarios de peregrinación del Canadá anglófono. Cada año, en el fin de semana cercano al 19 de octubre (fiesta de los mártires), decenas de miles de peregrinos acuden para venerar las reliquias y recordar el sacrificio de los ocho misioneros.
Los otros mártires: Antoine Daniel, Charles Garnier, Noël Chabanel y Jean de Lalande
El martirio de Brébeuf y Lalemant no fue un hecho aislado sino el punto culminante de un proceso que había comenzado años antes con la muerte de René Goupil (1642) e Isaac Jogues (1646), y que continuó en los días siguientes con otros misioneros.
Antoine Daniel fue asesinado el 4 de julio de 1648 en el ataque al pueblo hurón de Saint-Joseph. Charles Garnier cayó el 7 de diciembre de 1649 en la misión de Saint-Jean. Noël Chabanel, el menos dotado lingüísticamente de los jesuitas pero el más fiel en su perseverancia, fue asesinado el 8 de diciembre de 1649 por un hurón apóstata. Jean de Lalande, donado laico compañero de Jogues, murió el 19 de octubre de 1646, el día siguiente al martirio de Jogues.
Cada uno de estos ocho hombres llegó a Canadá sabiendo que podía morir, y eligió quedarse. La devoción mariana les sostuvo en esa elección: la Virgen María, que había acompañado a su Hijo hasta el pie de la cruz, era el modelo y la compañera de todos los que elegían seguirle hasta el final.
La canonización de 1930 y la herencia mariana
Después de décadas de proceso canónico, los ocho mártires jesuitas de Canadá fueron beatificados por el papa Pío XI el 21 de junio de 1925, y canonizados por el mismo papa el 29 de junio de 1930, en la basílica de San Pedro de Roma. Eran los primeros santos canonizados procedentes del continente norteamericano. Diez años después, en 1940, el papa Pío XII los declaró copatrones de Canadá.
La historia de los mártires jesuitas de Canadá no se puede entender sin la devoción mariana que impregnaba toda la espiritualidad de la Compañía de Jesús en el siglo XVII. Los jesuitas llevaban consigo rosarios en cada expedición, como el equipaje espiritual más importante de su misión. Isaac Jogues rezaba el rosario en el cautiverio, con los dedos mutilados que ya no podían recorrer las cuentas. René Goupil murió con el rosario en la mano. Brébeuf compuso un himno en que la Virgen María se convertía en madre del pueblo hurón.
La presencia de María en la misión de Huronia no era un detalle piadoso: era el tejido mismo de la espiritualidad de aquellos hombres que eligieron la vida que eligieron. Hoy, los peregrinos que visitan el Santuario de los Mártires en Midland, Ontario, se encuentran con esa herencia mariana: la certeza de que la Virgen no abandona a los que la invocan, aunque su camino pase por el martirio.
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