Reza el Rosario

Santa Catalina Labouré

y la Medalla Milagrosa
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La vida de santa Catalina Labouré es una vida hermosa, especialmente por las apariciones que tuvo de la Virgen María y por las maravillas que Dios ha obrado en el mundo entero por medio de la famosa medalla, llamada milagrosa. Fue una sencilla Hija de la Caridad que vivió oculta: nadie supo que a ella se le había aparecido la Virgen hasta después de su muerte.

Nombre
Catalina (Zoé) Labouré
Nació
2 de mayo de 1806, en Fain-les-Moutiers (Borgoña, Francia)
Congregación
Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl
Apariciones
1830, capilla de la rue du Bac (París)
Murió
31 de diciembre de 1876, en París — cuerpo incorrupto
Canonización
27 de julio de 1947, por el papa Pío XII
Fiesta
28 de noviembre

Audiolibro completo

Vida de Santa Catalina Labouré y la Medalla Milagrosa (P. Ángel Peña, O.A.R.), narrada en audio. Escúchala por partes:

Catalina y su familia

Catalina nació el 2 de mayo de 1806 en Fain-les-Moutiers, una pequeña aldea de la antigua Borgoña. Fue una de los diecisiete hijos del matrimonio de Pedro Labouré y Luisa Magdalena Gontard, de los que sobrevivieron diez. Su padre había pensado en su juventud ser sacerdote y había pasado por el seminario. Al día siguiente de nacer recibió el bautismo, y a su nombre, Catalina, la familia le añadió el de Zoé.

Cuando Catalina tenía nueve años murió su madre. Cuenta la tradición que, muerta su madre, la niña tomó en sus brazos una imagen de la Virgen y le dijo: «Ahora tú serás mi madre». Al irse su hermana mayor al convento, Catalina quedó, con solo doce años, al frente de los trabajos de la casa. Después de mucho rezar, consiguió al fin el permiso de su padre para entrar en la Compañía de las Hijas de la Caridad, donde se santificó haciendo los trabajos más humildes: primero cocinera, después lavandera, y más tarde encargada del cuidado de los ancianos.

Las apariciones de 1830

Siendo novicia en la casa madre de las Hijas de la Caridad, en la rue du Bac de París, Catalina recibió una serie de gracias extraordinarias. Primero se le mostró el corazón de san Vicente de Paúl y vio a Jesús presente en la Eucaristía. Después llegaron las apariciones de la Santísima Virgen.

Primera aparición · 18 de julio de 1830

La víspera de la fiesta de san Vicente, Catalina se acostó con el vivo deseo de ver a la Virgen. Hacia las once y media de la noche, un niño vestido de blanco —que ella creyó su ángel de la guarda— la despertó llamándola: «Ven a la capilla, la Santísima Virgen te espera». Toda la casa se hallaba misteriosamente iluminada. Al llegar la hora, el niño anunció: «He aquí la Virgen». Catalina, de un salto, se arrodilló junto a Ella y apoyó las manos sobre sus rodillas:

«Allí pasé unos momentos los más dulces de mi vida. Me sería imposible decir lo que sentí. Ella me dijo cómo debía portarme… y acudir al pie del altar y desahogar allí mi corazón, y allí recibiría todos los consuelos de que tuviese necesidad.»— Santa Catalina Labouré

La Virgen le confió entonces una misión y le anunció tiempos difíciles para Francia y para la Iglesia, sin dejar de infundirle confianza:

«Hija mía, Dios quiere confiarte una misión; te costará trabajo, pero lo vencerás pensando que lo haces para la gloria de Dios. […] Ven a los pies de este altar, donde se prodigarán gracias a todos los que las pidan con confianza y fervor, a todos, grandes y pequeños. […] Vendrá un momento en que el peligro será grande, se creerá todo perdido. Entonces yo estaré contigo, ten confianza.»— Palabras de la Santísima Virgen

Segunda aparición · 27 de noviembre de 1830 — el origen de la Medalla

Durante la meditación de la tarde, Catalina volvió a ver a la Virgen, vestida de blanco, de pie sobre el globo del mundo, con las manos abiertas de las que brotaban haces de luz. La Virgen le explicó el significado de aquellos rayos:

«Esta esfera que ves representa al mundo entero, particularmente a Francia, y a cada persona en particular. […] Es el símbolo de las gracias que derramo sobre los que me las piden.»— La Santísima Virgen

Alrededor de la imagen se formó un óvalo con una invocación en letras de oro. Y una voz le pidió que se acuñara una medalla según aquel modelo:

«Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos. […] Haz acuñar una medalla según este modelo; todas las personas que la lleven recibirán grandes gracias, llevándola al cuello… las gracias serán abundantes para las personas que la lleven con confianza.»— La Santísima Virgen

Al darse la vuelta el cuadro, Catalina vio el reverso de la medalla: la letra M coronada por una cruz, y debajo los dos Corazones de Jesús y de María, uno rodeado de espinas y otro traspasado por una espada. Preguntándose qué inscripción llevaría el reverso, oyó: «La M y los dos corazones dicen bastante».

Tercera aparición · diciembre de 1830

En la última aparición se repitió la visión de la medalla. Al despedirse, la Virgen anunció a Catalina que ya no la vería más con los ojos, pero que seguiría escuchando su voz en la oración:

«En adelante ya no verás más, hija mía, pero oirás mi voz en la oración.»— La Santísima Virgen

La Virgen se quejó también del poco fervor con que se rezaba el rosario, y del retraso en acuñar la medalla. Cuando Catalina objetó que su director, el padre Aladel, no la creía, la Virgen respondió con serena certeza: «Estáte tranquila, vendrá un día en que él hará lo que yo deseo».

La Medalla Milagrosa

✦ «Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos» ✦

Dos años después, vencidas las dudas del padre Aladel y con permiso del arzobispo de París, se acuñaron las primeras medallas en 1832. La devoción se extendió con extraordinaria rapidez por todo el mundo, y ante la multitud de gracias y conversiones que se le atribuían, el pueblo cristiano comenzó a llamarla, sencillamente, la Medalla Milagrosa. Entre los frutos más célebres se cuenta la conversión del judío Alfonso de Ratisbona, y su devoción fue promovida por santos como san Maximiliano Kolbe y santa Teresa de Calcuta.

Una vida oculta y su muerte

Fiel al secreto que había prometido, Catalina no reveló a nadie —salvo a su director espiritual— que ella era la vidente. Durante cuarenta y seis años vivió como una religiosa más, dedicada al cuidado de los ancianos del hospicio de Enghien, en tiempos de guerra y de revolución. A todos aseguraba que la Virgen protegería a la comunidad, y así sucedía.

Murió santamente el 31 de diciembre de 1876. Solo entonces se supo que aquella humilde hermana había sido la confidente de la Virgen. Al ser exhumado, su cuerpo se encontró incorrupto, y hoy reposa bajo el altar de la capilla de la rue du Bac, en París, meta de peregrinos de todo el mundo. Fue beatificada en 1933 y canonizada por el papa Pío XII el 27 de julio de 1947.

«Aprendamos de su vida a amar mucho a Jesús sacramentado, y a amar a María como ella la amaba, sin poder disimularlo.»
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