Los 120 Mártires de China canonizados en el año 2000

Mariánská oddanost

Los 120 Mártires de China

Canonizados por San Juan Pablo II el 1 de octubre de 2000. Testigos de la fe en tierra china entre 1648 y 1930.

Una canonización que sacudió al mundo

El 1 de octubre de 2000, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús y patrona de las misiones, el Papa Juan Pablo II canonizó en la Plaza de San Pedro a 120 mártires de China. La fecha no era inocente: en Roma se recordaba a los enviados de Cristo al mundo; en Pekín, el gobierno de la República Popular celebraba el 51.º aniversario de su fundación con grandes desfiles militares en la plaza de Tiananmén. Esa coincidencia —que el Vaticano nunca reconoció como provocación deliberada— desencadenó una de las crisis diplomáticas más graves entre la Santa Sede y China en el siglo XX.

Los 120 santos proceden de muy distintos siglos y orígenes: 87 son chinos nativos —laicos, catequistas, sacerdotes y religiosas— y 33 son misioneros europeos. Murieron en China en períodos distintos: los primeros en 1648, los últimos en 1930. Sin embargo, la inmensa mayoría —86 de los 120— cayeron durante la Revolución de los Bóxers en el año 1900, uno de los episodios más sangrientos de la historia del catolicismo asiático.

«Todo aquel que muera por Cristo en China entra en el corazón de China para siempre.» — Frase atribuida a los misioneros franciscanos en Shanxi, siglo XIX.

El contexto histórico: la Revolución de los Bóxers (1900)

A finales del siglo XIX China vivía una humillación nacional sin precedentes. Las potencias occidentales —Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, Japón— habían impuesto tratados desiguales que cedían puertos, territorios y privilegios comerciales. La sociedad china ardía de resentimiento. En ese caldo de cultivo nació el movimiento de los Yihetuan —conocidos en Occidente como los Bóxers, por sus rituales de combate—, una milicia xenófoba que asociaba el infortunio de China con la presencia extranjera, y en particular con los misioneros y sus conversos chinos.

En la primavera de 1900 el movimiento Bóxer estalló con violencia en el norte de China. El lema era devastador en su sencillez: «Apoyo a la dinastía Qing, exterminio a los extranjeros.» Los misioneros eran el blanco más visible, pero los bautizados chinos resultaron igualmente perseguidos: habían adoptado una religión extranjera, muchos habían abandonado el culto a los ancestros, algunos vivían separados del resto de la aldea. Para los Bóxers, eran traidores a China.

Se calcula que durante la Revolución Bóxer murieron aproximadamente 250 misioneros y sus familiares, y más de 20.000 católicos chinos. De ese número, 86 de los 120 mártires canonizados en 2000 pertenecen a este período. La emperatriz viuda Cixi apoyó oficialmente al movimiento Bóxer en junio de 1900, lo que dio carta blanca a gobernadores provinciales como Yu Xian en Shanxi para organizar matanzas sistemáticas.

La masacre de Taiyuán y San Gregorio Grassi OFM

Gregorio Grassi nació el 13 de febrero de 1823 en Castellazzo Bormida, en el Piamonte italiano. Ordenado franciscano y sacerdote en 1856, fue enviado a China en 1861, donde ejerció su ministerio durante casi cuatro décadas. En 1876 fue consagrado obispo de Shanxi del Norte. Era un hombre de carácter sereno, conocido por su paciencia con los conversos y su amor a la liturgia. Cuando llegaron las noticias de los primeros ataques Bóxers, no huyó.

La noche del 5 de julio de 1900, el gobernador de Shanxi, Yu Xian —uno de los funcionarios más radicalmente antiextranjeros del Imperio—, ordenó el arresto de todos los católicos en Taiyuán. Gregorio Grassi, su obispo auxiliar Francisco Fogolla, tres frailes franciscanos, siete Misioneras Franciscanas de María, once miembros chinos de la Tercera Orden Franciscana (seis de ellos seminaristas) y tres empleados laicos de la misión fueron detenidos y encerrados. El 9 de julio de 1900, todos fueron ejecutados en el patio del palacio del gobernador. Según los testimonios recogidos más tarde, murieron rezando.

Francisco Fogolla, nacido en 1839 en Liguria, era el obispo auxiliar de Grassi. Había llegado a China en 1866 y era conocido por su capacidad para aprender los dialectos locales y por su dedicación a la formación de sacerdotes chinos. Murió al lado de su obispo. Ambos fueron beatificados en 1946 por Pío XII, primer paso hacia la canonización de 2000.

Entre los mártires de Taiyuán sobresalen también las siete Misioneras Franciscanas de María, las primeras mártires de esa congregación. Provenían de Italia, Francia, Países Bajos y Bélgica, y habían llegado a China pocos años antes. Sus nombres —Sor María Ermellina de Jesucristo, Sor María de la Paz, Sor María de Santa Natalia, Sor María Chiara, Sor María Amandina, Sor María de San Just, Sor María Adolphina— resonaron en todo el orbe misionero franciscano.

Francisco Fernández de Capillas: el primer mártir de China

El ciclo de los 120 mártires no comienza en 1900, sino mucho antes. El 15 de enero de 1648, en Fujian, el fraile dominico español Francisco Fernández de Capillas fue ejecutado por los soldados manchúes que acababan de conquistar el sur de China. Tenía cuarenta años. Había llegado a Filipinas y luego pasado a Fujian, donde trabajó como misionero desde 1642. Cuando fue apresado y conducido al suplicio, los testimonios recogen que recitaba con otros prisioneros los Misterios Dolorosos del Rosario. Fue decapitado mientras rezaba a la Virgen. Es considerado el protomártir de China.

Francisco Fernández de Capillas fue decapitado mientras recitaba con sus compañeros los Misterios Dolorosos del Rosario. El Rosario —oración mariana por excelencia— fue la última palabra de muchos mártires de China.

Los misioneros dominicos en Fujian: una Iglesia de catacomba

La historia del catolicismo en Fujian es inseparable de la Orden de Predicadores. Desde 1632, cuando Ángel Cochi estableció la primera presencia dominica en la provincia, los misioneros construyeron una comunidad eclesial que aprendió a sobrevivir bajo tierra. En Fuan, ciudad del noreste de Fujian, los dominicos formaron una comunidad que persistió a pesar de las ondas periódicas de persecución: la gran ola de 1723, bajo el Yongzheng, que prohibió el cristianismo en todo el Imperio, y la de 1746, que costó la vida al obispo Pedro Sanz y a cuatro compañeros.

Pedro Sanz, dominico aragonés nacido en 1680, fue obispo vicario apostólico de Fujian. El 26 de mayo de 1747 fue decapitado en Fuzhou. Le siguieron cuatro frailes —Francisco Serrano, Joaquín Royo, Juan Alcober y Francisco Díaz— ejecutados el 28 de octubre de 1748. Todos ellos están entre los 120 mártires canonizados en 2000.

Lo que hace singular a la comunidad dominica de Fujian es cómo sobrevivió: los frailes se ocultaban en «habitaciones secretas y fosas subterráneas» en casas de familias católicas. Ejercían su ministerio de noche, bautizaban y confesaban en la oscuridad, celebraban misa antes del amanecer. Los fieles guardaban imágenes de la Virgen María —principalmente del Rosario— enterradas bajo el suelo de sus casas. Cuando llegaban las autoridades, no encontraban nada. Cuando se marchaban, las imágenes volvían al altar doméstico.

Esta práctica de esconder las imágenes marianas bajo tierra para protegerlas de la confiscación y la profanación se convirtió en un gesto profundamente simbólico: la Virgen, como la Iglesia misma, vivía en las catacumbas pero nunca moría. La comunidad de Fuan produjo sacerdotes chinos nativos y numerosas «beatas» —mujeres consagradas de la Tercera Orden Dominica— que modelaban su vida sobre las mártires romanas y Santa Rosa de Lima. Su rechazo al matrimonio forzado desafiaba directamente los valores confucianos del Estado; algunas fueron encarceladas y torturadas por ello.

San Agustín Zhao Rong: el sacerdote chino

Agustín Zhao Rong (1746-1815) es el único sacerdote chino diocesano entre los 120 mártires. Comenzó siendo soldado enviado para escoltar a un misionero extranjero camino del martirio. La fe del misionero le tocó tan profundamente que pidió el bautismo, estudió y fue ordenado sacerdote. Ejerció su ministerio en Sichuan hasta que fue arrestado y murió en la cárcel por las secuelas de las torturas recibidas. Su historia ilustra algo fundamental: el catolicismo en China no era una importación extranjera resistida por los chinos, sino una fe que hizo raíces profundas en el corazón del pueblo.

San José Freinademetz SVD: «Quiero ser chino en el cielo»

Josef Freinademetz nació el 15 de abril de 1852 en Oies (Tirol del Sur), en una familia de labradores ladinos, pueblo alpino de lengua retorrománica. En 1875 fue ordenado sacerdote y en 1878 se unió a la recién fundada Sociedad del Verbo Divino (SVD), de Arnold Janssen. Ese mismo año fue enviado a China, primer misionero SVD en llegar a ese país.

Freinademetz se instaló en el sur de la provincia de Shandong en 1881. Allí pasó el resto de su vida, treinta años, hasta su muerte el 28 de enero de 1908, de tuberculosis, en Taikia. En esas tres décadas aprendió el chino con tal profundidad que pensaba y soñaba en él. Adoptó la vestimenta de los letrados chinos, comía comida china, vivía en casas chinas. Su frase más recordada: «Querría ser chino en el cielo.» No era una pose: era la convicción de que encarnar el Evangelio significa encarnar la cultura del otro.

Su devoción mariana era intensa. En Shandong introdujo la costumbre del Rosario familiar, que muchas comunidades mantuvieron incluso durante las persecuciones posteriores. Fue beatificado junto a Arnold Janssen por Juan Pablo II en 1975, y canonizado el 5 de octubre de 2003, también por Juan Pablo II —no formó parte del grupo de los 120, pues murió de enfermedad y no de martirio—, pero su figura es inseparable de la historia de la fe católica en China del Norte.

«Hay que llegar a ser todo para todos, para ganar a todos para Cristo. Yo quiero ser chino con los chinos.» — San José Freinademetz SVD, carta a su familia, 1882.

Ana Wang: la niña que dijo que no

Entre los mártires de la Revolución Bóxer hay figuras que conmueven por su sencillez heroica. Ana Wang tenía catorce años cuando los Bóxers llegaron a su aldea en 1900 y ordenaron a los presentes apostatar. La niña se negó. Le ofrecieron la vida a cambio de pisotear un crucifijo. Ella respondió: «La puerta del cielo está abierta para todos.» Fue decapitada. Su sangre flaqueó en un instante de miedo —según algunas fuentes comenzó a caminar hacia los Bóxers—, pero se detuvo, se dio la vuelta y regresó al grupo de los que iban a morir.

Chi Zhuzi: «Cada gota de mi sangre os dirá que soy cristiano»

Chi Zhuzi era un joven de dieciocho años que se preparaba para recibir el bautismo cuando llegaron los Bóxers. Ante la negativa a apostatar, los verdugos le arrancaron un brazo. Él señaló su cuerpo mutilado y declaró: «Podéis cortar todo mi cuerpo en pedazos; cada trozo de mi carne, cada gota de mi sangre os dirá que soy cristiano.» Fue desollado vivo.

María y los mártires: la devoción que sobrevivió bajo tierra

La relación entre los mártires chinos y la Virgen María es más profunda de lo que a primera vista parece. En la tradición dominica de Fujian, el Rosario era el hilo conductor de la vida espiritual de la comunidad clandestina: era una oración que se podía rezar en la oscuridad, sin libros, sin sacerdote presente, sin ornamentos. Las cuentas del Rosario —objetos pequeños, fácilmente escondibles— acompañaron a los fieles durante siglos de persecución.

Las imágenes marianas ocupaban un lugar central en los altares domésticos de los católicos chinos. Cuando llegaba la persecución, lo primero que hacían los fieles era enterrar las imágenes de la Virgen en los campos o debajo del suelo de la casa, junto con los libros litúrgicos. Este gesto —proteger a María de la profanación— es un testimonio elocuente de lo que esas imágenes significaban: no mera decoración, sino presencia protectora, ícono vivo de la fe.

El mártir franciscano Gregorio Grassi había fomentado en Shanxi la devoción a la Inmaculada Concepción. Las Misioneras Franciscanas de María que murieron con él en Taiyuán eran especialmente conocidas por su devoción mariana; algunas de ellas llevaban al cuello una medalla milagrosa. Francisco Fernández de Capillas murió rezando el Rosario. La comunidad de Donglü, unos años después, vería a la Virgen en el cielo mientras los Bóxers atacaban.

En el santuario de Sheshan, a las afueras de Shanghái, la estatua de la Virgen —«Nuestra Señora Auxiliadora», de 38 metros de altura— fue destruida durante la Revolución Cultural (1966-1976) y restaurada después. También en Donglü (Hebei), la imagen original de Nuestra Señora de China fue destruida; se reconstruyó en 1989 con una reproducción del lienzo original. La destrucción y reconstrucción de imágenes marianas en China es, en sí misma, una historia de martirio y resurrección.

La controversia del 1 de octubre: ¿provocación o coincidencia?

El gobierno chino reaccionó con dureza a la canonización. El Ministerio de Asuntos Exteriores acusó al Vaticano de «distorsionar la historia» y calificó a los mártires canonizados de «criminales monstruosos» que habían cometido «violación, saqueo, adulterio, usura y tráfico de antigüedades». La fecha elegida —el Día Nacional chino— fue presentada como una «grave provocación» y un «desafío a la soberanía de China».

Para la República Popular de China, los misioneros extranjeros y sus conversos habían sido instrumentos del imperialismo occidental. El marxismo-leninismo había construido un relato en el que los mártires no eran héroes de la fe sino colaboradores de potencias coloniales. El hecho de que muchos de ellos hubieran llegado a China amparados por los tratados desiguales impuestos por Europa daba cierta verosimilitud histórica a esa lectura, aunque distorsionara radicalmente la motivación personal de los mártires.

El Papa Juan Pablo II, que había elegido la fecha por su significado en el calendario litúrgico misionero, hizo un gesto de humildad unos meses después. En octubre de 2001, en el 400.º aniversario de la llegada de Matteo Ricci a Pekín, expresó su pesar por los comportamientos históricos de algunos católicos que «pudieron dar la impresión de una falta de respeto y de estima hacia el pueblo chino», y pidió «perdón y comprensión». Pero no retiró la canonización.

La relación entre el Vaticano y China quedó herida durante años. El acuerdo provisional de 2018 fue, en parte, un intento de cerrar las heridas abiertas por décadas de desencuentros, de los que la canonización de 2000 fue el episodio más visible.

La fiesta litúrgica: 9 de julio

Los 120 mártires de China se celebran litúrgicamente el 9 de julio —fecha del martirio de Grassi, Fogolla y sus compañeros en Taiyuán— en el Calendario Romano General. En China, donde la comunidad católica clandestina los venera con especial fervor, este día tiene una dimensión de identidad eclesial: recordar a los mártires es afirmar que la Iglesia en China es más antigua que el Partido Comunista, que sus raíces van más profundo que cualquier persecución.

«Cada uno de estos mártires ha amado a Cristo, no a sí mismo. Ha dado todo por Cristo, no ha pedido nada para sí. Ha muerto por Cristo, no ha matado en nombre de ningún ideal.» — Juan Pablo II, homilía en la canonización, 1 de octubre de 2000.

El legado: una Iglesia templada en el fuego

La canonización de los 120 mártires no fue solo un acto de reconocimiento a personas del pasado. Fue también un mensaje a los católicos del presente. En el año 2000, la Iglesia en China seguía dividida: por un lado, la Asociación Patriótica Católica China, controlada por el Estado; por otro, la Iglesia clandestina, fiel a Roma pero ilegal. En ese contexto, presentar a 120 fieles —87 de ellos chinos— como santos era decir que la Iglesia de Cristo en China tenía raíces genuinamente chinas y que la fidelidad al Papa no era incompatible con amar a China.

Los mártires de China son, en definitiva, testigos de algo que trasciende la política: que la fe en Jesucristo y la devoción a su Madre pueden arraigar en cualquier suelo, incluso en el más hostil, y que ninguna persecución es definitiva. Bajo tierra, las imágenes de la Virgen esperaban. Y las comunidades esperaban junto a ellas.

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