Los Mártires de Uganda y la Virgen María — Sangre que fructifica

Los Mártires de Uganda y la Virgen María

Sangre que fructifica — Uganda, 1885–1887

Había algo en el aire de Munyonyo aquella tarde de mayo de 1886 que los testigos no supieron describir con palabras. Los jóvenes pajes que salían del palacio del rey Mwanga II no lloraban. Algunos sonreían. Llevaban el Rosario en las manos —aquel cordón de cuentas que los misioneros blancos del Cardenal Lavigerie les habían enseñado— y caminaban hacia la muerte cantando himnos en luganda. El soldado que los custodiaba tuvo que apartar la vista.

Lo que ocurrió en el antiguo reino de Buganda entre 1885 y 1887 sacudió la historia de la Iglesia en África de una manera que todavía hoy resuena. Veintidós jóvenes católicos —y un número similar de anglicanos— fueron ejecutados por orden de su rey porque se negaron a someterse a sus abusos. Pero la historia de los Mártires de Uganda no es solo una historia de muerte. Es, sobre todo, una historia sobre la Virgen María: sobre cómo el Rosario cruzó el Atlántico, atravesó el Mediterráneo, remontó el lago Victoria y llegó a las manos de unos muchachos africanos que lo abrazaron con una fe capaz de vencer el fuego.

El reino de Buganda y la llegada de los misioneros

Para entender lo que ocurrió hay que entender el Buganda de finales del siglo XIX: un reino sofisticado, con una corte elaborada, un sistema de pajes reales y un rey absoluto cuya palabra era ley de vida y muerte. El rey Mutesa I había sido receptivo a los misioneros anglicanos llegados en 1877, y cuando en 1879 llegaron los Padres Blancos —los misioneros fundados por el Cardenal Lavigerie con especial devoción a la Virgen María—, el reino parecía abierto al Evangelio.

Los Padres Blancos trajeron consigo algo que los misioneros anteriores no habían enfatizado tanto: el Rosario. La devoción mariana era el corazón de su espiritualidad. Enseñaban a los catecúmenos no solo el catecismo, sino la oración contemplativa que recorría los misterios de la vida de Cristo acompañados de la Virgen. Pronto los jóvenes pajes del palacio —los más inteligentes del reino, escogidos entre las familias nobles para servir al rey y recibir educación— comenzaron a frecuentar las instrucciones religiosas.

Mutesa I los toleraba. Pero en 1884 murió Mutesa, y su hijo Mwanga II, de apenas dieciséis años, subió al trono. Mwanga era caprichoso, resentido con la influencia extranjera y dado a comportamientos que sus pajes —ya formados en una moral cristiana— comenzaron a resistir.

El conflicto: la castidad como testimonio

Los historiadores han tratado este punto con delicadeza, pero la realidad es clara: el rey Mwanga II exigía de sus pajes favores sexuales que la tradición del reino convertía en obligación. Cuando los jóvenes catecúmenos comenzaron a negarse, invocando su fe recién descubierta, el rey entró en cólera. Aquellos muchachos no solo le desobedecían: le avergonzaban delante de su corte.

El primer mártir fue José Mukasa Balikuddembe, mayordomo real y hombre de confianza, ejecutado en noviembre de 1885 por haber reprendido al rey por la muerte del misionero anglicano James Hannington. Balikuddembe fue decapitado y su cuerpo quemado. Pero antes de morir perdonó a sus verdugos. La noticia corrió por el palacio. Los demás pajes la recibieron en silencio, cada uno apretando mentalmente aquellas cuentas de Rosario.

Durante los meses siguientes, la tensión fue en aumento. Charles Lwanga, el nuevo mayordomo jefe y el mayor de los catecúmenos, tomó la dirección espiritual informal del grupo. Era un hombre de complexión fuerte, inteligente, de carácter tranquilo y firme. Sabía lo que se avecinaba.

Charles Lwanga y sus compañeros mártires de Uganda
Charles Lwanga (Karoli Lwanga) y sus compañeros. Pintura que preside el Santuario de Namugongo, Kampala (Uganda).

La noche del bautismo bajo la lluvia

En la noche del 25 al 26 de mayo de 1886, en el interior del palacio, mientras la tormenta tropical sacudía las palmeras y el trueno retumbaba sobre el lago Victoria, Charles Lwanga reunió a los catecúmenos más jóvenes. Sabía que el rey iba a llamarlos al día siguiente. Sabía lo que vendría después.

Aquella noche, con agua de lluvia recogida en sus manos, Charles Lwanga bautizó a sus compañeros más jóvenes. El más joven era Kizito, de catorce años, que según los testimonios reía durante el rito porque era incapaz de contener la alegría. «Si he de morir», le dijo Charles en voz baja, «quiero que mueras cristiano.»

«Yo los bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» El agua de la lluvia cayó sobre las cabezas inclinadas de aquellos muchachos en la oscuridad del palacio real de Buganda. Afuera, la tormenta seguía. Adentro, algo había nacido que no podría apagar ningún fuego.

A la mañana siguiente, el rey Mwanga convocó a todos los pajes. Les preguntó uno a uno si seguían siendo cristianos. Uno a uno, comenzando por el mayor y terminando por el más joven, respondieron que sí. El rey, furioso, ordenó su ejecución. Los condenados fueron llevados a Munyonyo, separados de los no creyentes, y emprendieron la marcha hacia Namugongo, a cuarenta kilómetros de distancia.

La marcha hacia Namugongo

Fueron ocho días de camino. Los soldados los ataron con cuerdas. Algunos fueron torturados durante el trayecto. Denis Ssebuggwawo, uno de los más jóvenes, fue ejecutado en el camino por orden del jefe Mukajanga. Pero el grupo siguió caminando. Siguió cantando.

Los testigos del tiempo —vecinos de las aldeas que atravesaron, esclavos que los vieron pasar— describieron la misma escena: unos jóvenes que iban rezando el Rosario, con las cuentas visibles en sus manos atadas. Alguno los insultaba desde los campos. Ninguno de los mártires respondió con violencia.

Charles Lwanga fue separado del grupo al llegar a Namugongo. El jefe Mukajanga quería un escarmiento especial para el hombre que había liderado la resistencia. Lo quemaron lentamente, de los pies hacia arriba, para prolongar el sufrimiento. Charles Lwanga murió sin gritar. Sus últimas palabras, según los testimonios recogidos por los Padres Blancos años después, fueron: «Muñungu» —«Dios» en luganda.

El 3 de junio de 1886, los demás fueron envueltos en cañas de junco —una por cada mártir— y quemados juntos sobre la colina. Los gritos que se oyeron aquella mañana en Namugongo no eran de dolor: eran los cantos de los que ardían.

Los 22 Mártires de Uganda: Charles Lwanga (24 años), Kizito (14 años), Mbaga Tuzinde, Bruno Sserunkuma, Mukasa Kiriwawanvu, Adolphus Ludigo-Mukasa, Ambrose Kibuka, Anatole Kiriggwajjo, Achilles Kiwanuka, Gonzaga Gonza, James Buzabalyawo, Luke Banabakintu, Gyavira, John Mary Muzeyi, Matthias Murumba, Noe Mawaggali, Pontian Ngondwe, Andrew Kaggwa, Athanasius Bazzekuketta, Denis Ssebuggwawo, Mugagga y Gyavira. Sus edades oscilaban entre los 14 y los 40 años.

El Rosario: por qué los mártires lo llevaban consigo

No es un detalle menor. Los Mártires de Uganda fueron arrestados con el Rosario en las manos. Este dato, verificado por los testimonios recogidos en el proceso de beatificación, dice algo profundo sobre la naturaleza de su martirio.

Los Padres Blancos habían enseñado el Rosario como el camino por excelencia para conocer a Cristo a través de María. Los jóvenes pajes, en su breve catecumenado —algunos llevaban apenas meses en la fe—, habían hecho del Rosario el hilo conductor de su vida espiritual. Rezaban juntos en el palacio, en secreto cuando era necesario, en voz alta cuando podían. El Rosario era su escuela de oración y, al mismo tiempo, su declaración de pertenencia.

Cuando los soldados los ataron y los llevaron por los caminos de Buganda, llevaban ese cordón de cuentas como otros llevarían un arma. No para defenderse. Para rezar. Para pensar en la Virgen que acompañaba a su Hijo hasta el pie de la cruz. Para saber que también ellos eran acompañados.

«La Virgen María es la madre de los que mueren por su Hijo», explicaba el Padre Lourdel, uno de los misioneros, a los catecúmenos de Buganda. «Cuando rezáis el Rosario con ella, estáis con ella aunque estéis solos.»

La canonización de 1964: el primer acto de Pablo VI en África

El proceso tardó décadas. Los testimonios fueron recogidos, analizados, enviados a Roma. En 1920, Benedicto XV beatificó a los mártires. Cuarenta y cuatro años después, el 18 de octubre de 1964, el Papa Pablo VI los canonizó en Roma. Fue la primera canonización de mártires africanos negros en la historia de la Iglesia.

Pablo VI eligió ese momento con una deliberación que no ha sido siempre comprendida en su profundidad. El Concilio Vaticano II estaba en curso. África se había independizado políticamente en los años anteriores. La Iglesia necesitaba decirle al continente: vosotros no sois receptores pasivos de la fe; sois sus fundadores, sus guardianes, sus santos. Los Mártires de Uganda daban a África lo que Europa tenía desde los primeros siglos: mártires propios, sangre propia, raíces propias.

En la homilía de la canonización, Pablo VI dijo: «Estos mártires africanos aportan una nueva prueba de que el heroísmo cristiano no es patrimonio de ninguna raza o pueblo, sino de todos los hombres y de todos los tiempos.»

Vista aérea de la Basílica de los Mártires de Uganda en Namugongo
Vista aérea de la Basílica de los Mártires de Uganda en Namugongo, Kampala. La planta circular evoca una choza tradicional ugandesa ampliada. Hoy acoge a más de 3 millones de peregrinos el 3 de junio.

El Santuario de Namugongo: tres millones de peregrinos

Namugongo hoy no se parece en nada al claro boscoso donde ardieron aquellos jóvenes en 1886. La Basílica de los Mártires de Uganda —construida entre 1968 y 1975, consagrada en 1975 por el Cardenal Benelli en nombre del Papa Pablo VI— domina la colina con su planta circular que evoca una choza tradicional agrandada a escala catedralicia. Las paredes están decoradas con mosaicos que narran la historia del martirio. En el altar mayor, sobre el que cae la luz de las lucernarias, hay una imagen de la Virgen María que los fieles llaman la Virgen de Namugongo.

Cada 3 de junio —fiesta de los Mártires de Uganda— la colina de Namugongo se convierte en el lugar de peregrinación más multitudinario de África Oriental. Las cifras varían según el año, pero los registros recientes hablan de entre dos y tres millones de peregrinos. Muchos de ellos llegan a pie desde países vecinos: Tanzania, Ruanda, Kenia, República Democrática del Congo. Algunos caminan durante semanas.

El peregrino tipo de Namugongo no es un turista. Es alguien que viene a cumplir una promesa, a pedir un milagro, a agradecer uno ya recibido. La mayoría de ellos llevan el Rosario. Lo han heredado de las madres y abuelas que lo aprendieron de las primeras generaciones de catecúmenos. Un cordón de cuentas que viajó desde Europa hasta Uganda a finales del siglo XIX y que hoy se reproduce en millones de manos que lo heredaron de los que murieron por él.

La Virgen de Namugongo: La imagen mariana que preside el Santuario es una representación de la Virgen con el Niño en actitud protectora, con rasgos intencionalmente africanos. Fue donada por la comunidad de Uganda y sustituye en la devoción popular a otras imágenes importadas de Europa. Los peregrinos le rezan especialmente por los jóvenes, en memoria de los mártires que murieron siendo jóvenes.

La influencia en África Oriental

Los Mártires de Uganda no son solo santos del calendario. Son nombres de personas vivas. En Uganda, Ruanda, Kenia, Tanzania y la República Democrática del Congo, es extraordinariamente frecuente encontrar hombres que se llaman Charles —por Charles Lwanga—, Kizito, Bruno, Gonzaga, Matthias. Las madres católicas de toda África Oriental bautizan a sus hijos con esos nombres no como un gesto arqueológico sino como un acto de fe: «Quiero que mi hijo tenga el espíritu de los que murieron por Cristo.»

Los colegios, hospitales, parroquias y barrios que llevan el nombre de los mártires se cuentan por centenares en todo el continente. En Kigali, en Kampala, en Nairobi, en Dar es Salaam: la presencia de los Mártires de Uganda en la geografía espiritual de África Oriental es comparable a la que tiene Santiago de Compostela en la europea.

Hay algo más profundo. Los Mártires de Uganda murieron por una fe que llevaban apenas meses. No eran sacerdotes ni religiosos. Eran jóvenes empleados de un palacio real que habían encontrado en el Evangelio —y en la devoción mariana que les habían enseñado los Padres Blancos— una verdad por la que merecía la pena morir. Esta dimensión laical de su martirio es lo que les da su poder simbólico en el África contemporánea: no hay que ser clérigo para ser santo. No hay que llevar siglos de fe. Basta con recibir el Rosario, aprenderlo, vivirlo, y no soltarlo aunque te aten las manos.

La Virgen en el corazón del martirio

Hay una pregunta que los historiadores no suelen hacer pero que la tradición de fe mantiene viva: ¿qué papel jugó la Virgen María en el martirio de los jóvenes ugandeses?

La respuesta que da la devoción popular —y que los Padres Blancos registraron en sus memorias— es clara: el Rosario no era un amuleto. Era una escuela. A través de los misterios del Rosario, los pajes habían contemplado la Pasión de Cristo. Habían visto, una y otra vez, el sufrimiento del inocente. Habían visto a la Virgen de pie al pie de la cruz, sin huir, sin renegar de su Hijo. Cuando les llegó la hora de ser ellos los inocentes que sufrían, ya sabían cómo hacerlo: con los ojos fijos en Cristo, acompañados por María.

Charles Lwanga, en los días que precedieron a su arresto, no enseñó a sus compañeros tácticas de evasión. Les enseñó a rezar el Rosario con más atención. «Si nos llaman a dar testimonio», se cuenta que decía, «queremos saber bien los misterios de Jesús. Y si la Virgen estuvo con Él hasta el final, estará con nosotros también.»

En la hora del fuego, cuando el cuerpo de Charles Lwanga comenzaba a arder y el verdugo esperaba los gritos, solo se oyó una voz tranquila que murmuraba algo. Los que estaban más cerca dijeron después que era el nombre de Dios, o quizás el nombre de María. Quizás eran el mismo nombre.

Un legado que no cesa

En 2015, el Papa Francisco visitó Namugongo. Ante una multitud que los organizadores estimaron en más de dos millones de personas, el Papa dijo: «Los mártires de Uganda nos enseñan que la fe no es solo una idea. Es una fuerza que transforma la vida y que, si es necesario, da la vida.» Luego rezó el Rosario ante la imagen de la Virgen de Namugongo.

Hoy, en la Uganda donde la Iglesia Católica tiene una presencia robusta y creciente —cerca del 40% de la población—, los Mártires son la columna vertebral de la identidad católica. Cada escuela parroquial enseña su historia. Cada cofradía del Rosario lleva su patronazgo. Cada madre que le pone a su hijo el nombre de Kizito o de Charles está transmitiendo una memoria que tiene ciento cuarenta años y que, a juzgar por las generaciones que siguen peregrinando a Namugongo, parece no tener intención de apagarse.

La sangre de los mártires es semilla, decía Tertuliano en el siglo II. En Africa Oriental, esa semilla brotó en forma de millones de Rosarios, millones de nombres de bautismo, millones de peregrinos que suben cada año a la colina donde unos jóvenes con el Rosario en las manos cantaron mientras ardían y demostraron que la fe —cuando es verdadera— no tiene miedo de ningún rey.

  • 1879Los Padres Blancos llegan al reino de Buganda e inician la catequesis de los pajes reales. Introducen el Rosario como columna de la formación espiritual.
  • 1884Mwanga II sucede a su padre Mutesa I. Comienzan las tensiones con los pajes que se niegan a sus exigencias.
  • Noviembre 1885Ejecución de José Mukasa Balikuddembe, primer mártir. Los catecúmenos del palacio comprenden que el conflicto puede llegar hasta el final.
  • 25-26 mayo 1886Charles Lwanga bautiza a sus compañeros más jóvenes con agua de lluvia durante la noche. Al día siguiente, el rey ordena su ejecución.
  • 3 junio 1886Hoguera de Namugongo: los mártires son quemados vivos. Charles Lwanga muere aparte, en una ejecución especialmente cruel. Mueren cantando.
  • 1920Beatificación de los Mártires de Uganda por Benedicto XV.
  • 18 octubre 1964Canonización por Pablo VI: primera canonización de mártires africanos negros en la historia de la Iglesia.
  • 1975Consagración de la Basílica de Namugongo. La imagen de la Virgen de Namugongo preside el santuario.
  • 3 junio 2015El Papa Francisco visita Namugongo ante más de dos millones de peregrinos. Reza el Rosario ante la imagen de la Virgen.
  • Cada 3 de junioEntre 2 y 3 millones de peregrinos suben a Namugongo desde toda África Oriental.

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