Aneddoti sulla Vergine Maria
La notte in cui Caterina parlò con la Vergine

Era la noche del 18 al 19 de julio de 1830, víspera de san Vicente de Paúl. En la casa madre de las Hijas de la Caridad, en la Rue du Bac de París, dormía una novicia de veinticuatro años: Catalina Labouré. Aquel día le había pedido con todo el corazón a san Vicente una gracia inmensa, casi atrevida: ver con sus propios ojos a la Santísima Virgen.
Hacia las once y media de la noche oyó que la llamaban por su nombre. Al abrir los ojos, vio junto a su cama a un niño pequeño, vestido de blanco, rodeado de luz, que le dijo: «Ven a la capilla; la Santísima Virgen te espera». Catalina se levantó y lo siguió por los pasillos en penumbra. A su paso, la capilla se iba iluminando como para una gran fiesta, con todas las luces encendidas en mitad de la noche. (La tradición piadosa ha visto en aquel niño a su ángel de la guarda; lo que Catalina relató con seguridad es que era un niño luminoso que la guiaba.)
Y entonces llegó. La Virgen entró y se sentó en el sillón del director, junto al presbiterio. Catalina, en un impulso de hija, corrió hacia ella, se arrodilló y apoyó las manos sobre sus rodillas. Ella misma lo contaría después con palabras inolvidables:
Y hablaron. Casi dos horas, hasta cerca de las dos de la madrugada, como una madre con su hija. La Virgen le abrió el corazón: le confió que Dios quería encomendarle una misión, que tendría que sufrir y sería contradicha, pero que no temiera, porque recibiría las gracias necesarias. Le habló con dolor de tiempos difíciles que vendrían sobre Francia y sobre la Iglesia, de desgracias y de cruces; y le dejó una promesa luminosa: que al pie de aquel altar se derramarían gracias sin medida sobre todos los que las pidieran con confianza, grandes y pequeños.
Aquella conversación no fue el final, sino el principio. Meses después, el 27 de noviembre de 1830, la Virgen volvería para mostrarle la imagen de la Medalla Milagrosa, con aquellos rayos que brotaban de sus manos —los rayos de las gracias que esperan a quien las pide—. Pero los que aman esta historia vuelven siempre a aquella primera noche: a la novicia arrodillada en la oscuridad, con las manos sobre las rodillas de su Madre, descubriendo que el Cielo no está lejos, que la Virgen espera, y que de verdad se la puede tratar de tú a tú.
Lo esencial de este relato —la noche del 18 de julio, el niño que la guía, la capilla iluminada, la Virgen en el sillón y las casi dos horas de coloquio— procede del testimonio de la propia Catalina, recogido por su director, el P. Aladel, y conservado por las Hijas de la Caridad; la identificación del niño como ángel y algunas frases pulidas pertenecen a la tradición devocional.
🌹 Un fiore per la Vergine
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