Lituania — El país que jamás abandonó a la Virgen (1940–1990)

Mariánska oddanosť

Lituania — El país que jamás abandonó a la Virgen

Cincuenta años de ocupación soviética. Trescientas mil deportaciones a Siberia. Una fe que no cedió.

La Colina de las Cruces en Šiauliai, Lituania
La Colina de las Cruces en Šiauliai, Lituania. Destruida tres veces por los soviéticos, reconstruida tres veces por el pueblo lituano. Foto: TimoM · CC BY-SA · Wikimedia Commons.

El pequeño país que le dijo no al Imperio

Lituania es un país pequeño. Tres millones de habitantes, una franja de territorio entre el Báltico y Bielorrusia, una capital — Vilna — cuyo nombre suena a algo antiguo y resistente. No es un país que los libros de historia occidentales suelan mencionar mucho. Y sin embargo, en el siglo XX, Lituania libró una de las batallas más extraordinarias por la libertad religiosa y la identidad nacional que el mundo ha conocido.

La clave de esa batalla es inseparable de la Virgen María.

En junio de 1940, la Unión Soviética ocupó Lituania. No fue una invasión con batallas: fue una ocupación pactada con la Alemania nazi en el Pacto Molotov-Ribbentrop, que había repartido Europa del Este entre las dos potencias totalitarias. Lituania, Letonia y Estonia simplemente amanecieron un día siendo parte de la URSS. En junio de 1941, apenas un año después, comenzaron las deportaciones masivas: decenas de miles de lituanos — intelectuales, sacerdotes, agricultores, mujeres con niños pequeños — fueron arrancados de sus casas en la madrugada y enviados a los campos de trabajo de Siberia.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y los soviéticos consolidaron su control sobre Lituania, el régimen comenzó su guerra sistemática contra la Iglesia Católica. Porque en Lituania, ser católico y ser lituano eran casi sinónimos. Golpear la fe era golpear la identidad nacional. Y golpear la identidad nacional era el primer paso para hacer que Lituania se convirtiera, como habían planificado los ideólogos de Moscú, en una república soviética que con el tiempo olvidara que había sido otra cosa.

Las deportaciones a Siberia: trescientas mil vidas arrancadas

Entre 1941 y 1953, en dos grandes olas de deportaciones y en múltiples operaciones menores, más de trescientas mil lituanos fueron deportados a Siberia. Es una cifra devastadora para un país pequeño: casi el diez por ciento de la población total.

Las deportaciones seguían siempre el mismo patrón. En la madrugada — porque los soviéticos sabían que la oscuridad amplificaba el terror —, los agentes del NKVD llegaban a los pueblos con listas. Llamaban a las puertas. Daban quince minutos para recoger las pertenencias. Y se llevaban a las familias en vagones de ganado hacia el este, hacia una Siberia que en invierno podía alcanzar los cincuenta grados bajo cero.

Muchos no llegaron. Los que llegaron encontraron campos donde el trabajo forzado, el hambre y el frío se combinaban en una ecuación que para muchos tenía un solo resultado. Los niños pequeños morían de enfermedades en proporciones devastadoras. Los sacerdotes deportados intentaban reunir a los fieles en secreto para rezar el rosario, para celebrar la misa cuando podían conseguir los elementos necesarios, para mantener encendida una llama que el régimen soviético estaba seguro de poder apagar.

No pudo apagarla.

«En Siberia, rezábamos el rosario cada noche. Fue lo único que nos mantuvo unidos. Fue lo único que nos hizo seguir siendo lituanos cuando todo lo demás nos era arrebatado.»
— Testimonio de un deportado lituano, recogido tras la independencia de 1990

La Crónica de la Iglesia Católica de Lituania: la voz que no podían silenciar

En 1972, en plena época de la opresión soviética, comenzó a circular en Lituania un documento clandestino que cambiaría la historia del país. Se llamaba Kronika Kataliku Bažnyčios Lietuvoje — la Crónica de la Iglesia Católica de Lituania — y era un boletín mecanografiado y copiado a mano que documentaba con precisión periodística las violaciones de la libertad religiosa en el país: los sacerdotes arrestados, los fieles interrogados, los seminarios cerrados, los niños a los que se prohibía recibir catequesis, las iglesias convertidas en museos del ateísmo.

La Crónica fue uno de los documentos de disidencia más importantes de toda la historia soviética. Fue traducida al inglés, al alemán, al francés y circuló en Occidente. El Vaticano la conocía. Los emigrantes lituanos la difundían. Radio Vaticano la leía en lituano para que los lituanos dentro de la URSS supieran que el mundo sabía lo que les estaba pasando.

Los soviéticos dedicaron enormes recursos a encontrar a los redactores de la Crónica. Arrestaron a sospechosos, los interrogaron, los torturaron psicológicamente. Pero la Crónica siguió saliendo. Durante diecisiete años — de 1972 a 1989 —, no perdió un solo número. Fue un milagro de organización clandestina, de valentía personal, de fe en que lo que se estaba haciendo valía la pena.

El padre Sigitas Tamkevičius y el rosario en la cárcel

Uno de los redactores principales de la Crónica era el padre Sigitas Tamkevičius, un sacerdote jesuita que había decidido que la obediencia al Evangelio era más importante que la obediencia a las autoridades soviéticas. Tamkevičius escribía, organizaba la distribución, y también celebraba misa clandestinamente y organizaba retiros espirituales en la clandestinidad.

En 1983, fue arrestado y condenado a seis años de campo de trabajo y cuatro de exilio interno. Durante esos años en el Gulag, Tamkevičius rezó el rosario. No era un gesto simbólico: era su forma de mantener la cordura, de seguir siendo sacerdote en un lugar donde ser sacerdote estaba prohibido, de seguir diciéndole a la Virgen María que seguía allí, que no se había rendido.

Cuando salió de la cárcel y Lituania recuperó la independencia, Tamkevičius se convirtió en arzobispo de Kaunas. El hombre que había rezado el rosario en el Gulag presidía ahora la Iglesia del país libre. En 2019, el Papa Francisco lo creó cardenal. Es uno de los hombres que mejor encarnan lo que fue la resistencia mariana de Lituania en el siglo XX.

La Crónica de la Iglesia Católica de Lituania
Se publicó ininterrumpidamente desde 1972 hasta 1989, con un total de 81 números. Fue el samizdat religioso más longevo de toda la Unión Soviética. Sus redactores principales fueron sacerdotes y laicos católicos que se rotaban para evitar la detección. Varios de ellos pasaron años en campos de trabajo soviéticos. La Crónica es hoy considerada uno de los documentos históricos más importantes de la resistencia contra el totalitarismo en el siglo XX.

La Colina de las Cruces: la batalla que los soviéticos perdieron tres veces

A unos doce kilómetros al norte de Šiauliai, en el norte de Lituania, hay una pequeña colina que ha sido escenario de uno de los episodios más simbólicos y más extraordinarios de la historia religiosa del siglo XX: la batalla entre el Estado soviético y el pueblo lituano por el derecho a plantar cruces.

La tradición de colocar cruces en esa colina tiene siglos de antigüedad. Nadie sabe exactamente cuándo comenzó — quizás en el siglo XIV o XV —, pero la práctica fue creciendo con los siglos. Cuando Lituania vivió las insurrecciones contra el Imperio Ruso en el siglo XIX, los familiares de los muertos en esas insurrecciones comenzaron a llevar cruces a la colina. Cuando llegaron las deportaciones soviéticas en 1941, los familiares de los deportados llevaron más cruces. La colina se fue convirtiendo en un cementerio simbólico, en un lugar donde los que no tenían tumba donde llorar a sus muertos podían ir a rezar.

En 1961, las autoridades soviéticas ordenaron la destrucción de la Colina de las Cruces. Enviaron bulldozers. Derribaron todas las cruces, cargaron los escombros, aplanaron la colina. Era un mensaje inequívoco: aquí no hay nada sagrado, aquí no hay nada que venerar, aquí solo hay tierra que pertenece al Estado.

Los lituanos volvieron a plantar cruces.

En 1973, los soviéticos volvieron a destruir la colina. De nuevo los bulldozers, de nuevo los escombros, de nuevo la colina arrasada.

Los lituanos volvieron a plantar cruces.

En 1975, tercera destrucción. Los soviéticos llegaron incluso a derramar gasoil sobre la colina e incendiar las cruces de madera para que no quedara nada que reconstruir.

Los lituanos volvieron. Y esta vez, la colina de las cruces no volvió a ser destruida. Porque incluso el régimen más rígido tiene límites: el espectáculo de una potencia mundial destruyendo cruces en una colina del Báltico generaba demasiada presión internacional, demasiada indignación entre los emigrantes lituanos en Occidente, demasiada publicidad negativa.

Hoy, la Colina de las Cruces tiene más de cien mil cruces, crucifijos, rosarios e imágenes de la Virgen. Es uno de los lugares de peregrinación más visitados del Báltico. Y es, también, uno de los monumentos más elocuentes de la resistencia humana ante el totalitarismo que existen en el mundo.

  • 1940La Unión Soviética ocupa Lituania. Comienza la persecución sistemática de la Iglesia Católica.
  • 1941, 1949Deportaciones masivas a Siberia. Más de 300.000 lituanos son enviados a campos de trabajo. Los sacerdotes deportados rezan el rosario en los campos.
  • 1961–1975Los soviéticos destruyen la Colina de las Cruces de Šiauliai tres veces. Los lituanos la reconstruyen tres veces.
  • 1972Comienza la publicación clandestina de la Crónica de la Iglesia Católica de Lituania. Continúa 17 años ininterrumpidamente.
  • 1983El padre Sigitas Tamkevičius es arrestado y enviado al Gulag. Reza el rosario durante seis años de cautiverio.
  • 1990Lituania declara la restauración de su independencia, la primera república soviética en hacerlo.
  • 1993Juan Pablo II visita Lituania y celebra misa en la Colina de las Cruces. Es uno de los momentos más emocionantes de su pontificado.

La Virgen de Šiluva: la única aparición mariana aprobada del Báltico

En el año 1608, en un prado cercano al pueblo de Šiluva, en el centro de Lituania, se produjeron unas apariciones de la Virgen María que la Iglesia Católica aprobaría formalmente en 1634, convirtiéndolas en las únicas apariciones marianas oficialmente reconocidas en los países bálticos.

La historia es extraordinaria por su contexto histórico. En 1608, Lituania estaba en plena ofensiva del protestantismo calvinista: los nobles más poderosos del país se habían convertido al calvinismo y estaban confiscando las iglesias católicas y entregándolas a los protestantes. La iglesia de Šiluva había sido confiscada por un noble calvinista décadas antes. Los católicos del pueblo, sin iglesia, rezaban en el campo donde había estado el cementerio parroquial.

Fue allí, en ese prado donde quedaban las ruinas de la devoción católica, donde vieron a una mujer joven llorando, con un niño en los brazos. Los pastores calvinistas que se acercaron le preguntaron por qué lloraba. Y ella respondió: «En este lugar mis hijos antes me alababan, y ahora lo aran y siembran.»

La aparición señaló el lugar donde, bajo tierra, estaba enterrada una caja de plomo con una imagen de la Virgen y los documentos de propiedad de la iglesia — enterrados décadas antes por los católicos para protegerlos de la confiscación calvinista. Cuando excavaron y encontraron exactamente lo que la aparición había indicado, varios de los testigos protestantes se convirtieron al catolicismo.

El santuario de Šiluva, a pocos kilómetros de Šiauliai, es hoy uno de los lugares de peregrinación más importantes de Lituania. La imagen de la Virgen de Šiluva — vestida de negro, con el Niño en brazos, en actitud de sufrimiento — fue para los lituanos del siglo XX un símbolo poderoso: la Madre que llora porque sus hijos han sido arrebatados, la Madre que señala dónde está escondida la fe cuando todo parece perdido.

«Rezamos el rosario para no perder la fe y la lengua»

Hay una frase que los lituanos que vivieron bajo el comunismo repiten con frecuencia cuando se les pregunta cómo sobrevivieron espiritualmente. No siempre la dicen exactamente igual, pero el sentido es el mismo: rezamos el rosario para no perder la fe y la lengua.

La lengua. La lengua lituana — una de las lenguas indoeuropeas más antiguas y conservadoras que existen, que comparte rasgos con el sánscrito que ya no se encuentran en ninguna otra lengua viva — fue durante décadas el vehículo de la identidad prohibida. Los soviéticos no la prohibieron formalmente, pero la marginaron sistemáticamente: el ruso era la lengua del poder, de la administración, del ascenso social. El lituano era la lengua de los retrógrados, de los campesinos, de los que se aferraban al pasado.

Y en ese contexto, rezar el rosario en lituano era un acto de resistencia cultural además de religioso. Cada Ave María era una afirmación: esta lengua no va a morir. Este pueblo no va a desaparecer. La Virgen nos escucha en nuestra lengua, y seguiremos hablándola.

Hay testimonios de familias que enseñaban a los niños a rezar el rosario en secreto, en susurros, porque los vecinos podían denunciarlos. Hay testimonios de ancianos que en los últimos momentos de su vida pedían el rosario y lo rezaban en voz alta por primera vez en años, como una última afirmación de lo que siempre habían creído. Hay testimonios de jóvenes en los años ochenta que redescubrieron el rosario no como una práctica de sus abuelos sino como un acto de rebeldía contra el sistema.

Juan Pablo II en Lituania: septiembre de 1993

El Papa Juan Pablo II visitó Lituania en septiembre de 1993, dos años después de la restauración de la independencia. Era su primera visita a una ex-república soviética en el Báltico, y para los lituanos tenía una dimensión histórica difícil de exagerar.

El momento más emocionante de la visita fue la misa que celebró en la Colina de las Cruces. El Papa que había sobrevivido a un atentado, el Papa polaco que había rezado por los países del otro lado del Telón de Acero durante toda su vida, llegó a la colina que los soviéticos habían destruido tres veces y que los lituanos habían reconstruido tres veces. Se arrodilló. Besó la tierra. Y celebró la misa ante centenares de miles de fieles que llevaban décadas esperando ese momento.

«Aquí, en esta colina de las cruces, que ninguna fuerza humana pudo destruir, siento de manera especial la presencia de Dios. Este lugar es el testimonio vivo de la fe lituana.»
— Juan Pablo II, Colina de las Cruces, Šiauliai, 7 de septiembre de 1993

Fue uno de los grandes momentos del pontificado de Juan Pablo II, que siempre tuvo una relación especial con los países del bloque soviético. El Papa polaco que había visto cómo el comunismo destruía su propio país, que había rezado durante décadas por la liberación de los pueblos de Europa del Este, estaba en la Colina de las Cruces de Lituania, ante el testimonio de piedra y madera de que la fe puede sobrevivir a cualquier poder humano.

La herencia de la fe mariana lituana

Hoy, Lituania es un país libre. La Iglesia Católica — que durante cincuenta años fue perseguida, reducida, empujada a la clandestinidad — tiene de nuevo sus iglesias abiertas, sus seminarios llenos, sus sacerdotes en las calles. El cardenal Tamkevičius, que rezó el rosario en el Gulag, presidió durante años la Iglesia del país libre.

Y la Colina de las Cruces sigue creciendo. Cada año llegan nuevas cruces, nuevos rosarios, nuevas imágenes de la Virgen. Siguen llegando los lituanos de la diáspora — de Chicago, de Toronto, de Sydney, de Buenos Aires — que durante décadas mantuvieron viva la cultura y la fe lituana en el exilio y que ahora regresan a atar su historia a esa colina que nadie pudo destruir del todo.

Hay una continuidad asombrosa entre el lituano del siglo XIX que colocó la primera cruz en la colina para llorar a sus muertos en las insurrecciones contra el zar, y el lituano del siglo XXI que llega en autocar desde Vilna con su familia para plantar otra cruz más. La colina los une a todos: los que sufrieron, los que resistieron, los que sobrevivieron, los que nacieron libres y quieren entender de dónde vienen.

Otras apariciones marianas aprobadas

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