Nuestra Señora de Fez

Mariánská oddanost

La Virgen de Fez

Fez (Fès), ciudad imperial, Marruecos

En el corazón de la ciudad más sagrada del islam magrebi, una pequeña comunidad católica mantiene viva la llama de la fe en torno a la Iglesia de San Francisco de Asís. Fez, ciudad de sabios y de santos, de ulemas y de artesanos, es también el suelo donde en el siglo XIII un grupo de frailes menores derramó su sangre por la fe. La Virgen acompaña a sus hijos en esa ciudad antigua y profunda.

Ciudad: Fez (Fès), Marruecos
Categoría: Ciudad imperial
Templo: Iglesia de San Francisco de Asís
Tradición: Misión franciscana
Fundación ciudad: Siglo IX d.C.
Patrimonio UNESCO: Medina de Fez

Fez, ciudad sagrada del Magreb

Fez es una de las ciudades más fascinantes y más antiguas del mundo islámico. Fundada a finales del siglo VIII o principios del IX —la tradición la atribuye a Idris II, nieto del Profeta Mahoma por línea materna y fundador de la dinastía idrisí—, se convirtió rápidamente en el corazón espiritual e intelectual del Magreb. Su medina, Fes el-Bali, es hoy Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y constituye uno de los conjuntos medievales mejor conservados del mundo: un laberinto de callejuelas, madrasas, mezquitas, zouias y talleres artesanales donde la vida transcurre en buena medida como hace siglos.

El alma de Fez es la Universidad de Al-Qarawiyyin, fundada en el año 859 por Fátima al-Fihrí, una mujer de origen tunecino asentada en la ciudad. Considerada por algunos historiadores la universidad más antigua del mundo en funcionamiento ininterrumpido, Al-Qarawiyyin fue durante siglos el principal centro de formación teológica y jurídica del islam magrebi. A sus aulas llegaron estudiantes de todo el mundo musulmán, y de ella salieron jueces, teólogos, estadistas y científicos que dejaron su huella en la historia del Mediterráneo.

Fez fue también, durante siglos, una ciudad de convivencia —tensa a veces, enriquecedora siempre— entre comunidades diversas. El Mellah, el barrio judío histórico, conserva la memoria de una comunidad sefardí que vivió en Fez durante siglos hasta que la mayor parte emigró tras la fundación del Estado de Israel en 1948 y la independencia de Marruecos en 1956. Los judíos de Fez —los fasis— dejaron una impronta profunda en la lengua, la gastronomía y el comercio de la ciudad. La presencia cristiana fue mucho más efímera y difícil, pero no inexistente.

La presencia cristiana y franciscana en Fez

El islam llegó al norte de África en el siglo VII y transformó radicalmente el paisaje religioso de la región. La Iglesia del norte de África, que había dado al mundo figuras de la talla de Agustín de Hipona o Cipriano de Cartago, desapareció gradualmente en los siglos siguientes, sin que podamos determinar con exactitud cuándo se extinguió el último resto de presencia cristiana autóctona. Cuando los franciscanos llegaron a Fez en el siglo XIII, no encontraron ninguna comunidad cristiana establecida: entraron en una ciudad islámica, con plena conciencia del riesgo que eso implicaba.

La Orden de los Frailes Menores, fundada por Francisco de Asís en 1209, se distinguió desde sus orígenes por el impulso misionero y por el deseo de llevar el Evangelio a tierras no cristianas. Francisco el propio intentó predicar al sultán de Egipto en 1219, en plena Quinta Cruzada, en un gesto que la historia ha reconocido como pionero del diálogo interreligioso. Ese espíritu de encuentro, unido a la radicalidad evangélica, caracterizó a los franciscanos que se aventuraron en el Magreb.

La misión franciscana en Marruecos comenzó de forma oficial alrededor de 1219-1220, bajo el impulso del propio Francisco y con el apoyo del cardenal Hugolino (futuro Gregorio IX). Los primeros frailes llegaron con la intención de predicar el Evangelio entre los musulmanes, sabiendo perfectamente que la ley islámica consideraba la apostasía —y la incitación a ella— un delito capital. Fez fue uno de los escenarios de esa misión inaugural.

Los mártires franciscanos y su paso por Fez

En enero de 1220, un grupo de frailes franciscanos —Berardo de Carbio, Pedro de Castiel, Acursio, Adjuto y Otón— fue ejecutado en Marrakech por orden del sultán meriní, después de un periodo de predicación pública que las autoridades consideraron una violación inaceptable de las normas islámicas. Antes de llegar a Marrakech, estos frailes pasaron por varias ciudades del norte de Marruecos, incluida probablemente Fez, donde predicaron abiertamente y fueron expulsados o encarcelados antes de continuar hacia el sur.

Su muerte fue el primer martirio documentado de la Orden franciscana. Francisco de Asís, al conocer la noticia, exclamó según la tradición que ahora sí tenía verdaderos mártires. Sus restos fueron llevados a Portugal por el infante Don Pedro —hermano del rey Alfonso II—, donde fueron depositados en la iglesia de Santa Cruz de Coímbra. Fueron canonizados en 1481 por el papa Sixto IV. Se los conoce como los Cinco Mártires de Marruecos o los Santos Mártires de Marrakech.

La memoria de estos mártires quedó ligada a Fez de una forma que trasciende la mera geografía. Fez era la ciudad imperial, el corazón del poder político y religioso del sultanato; predicar allí era una provocación deliberada, un testimonio de que la fe no reconoce fronteras humanas. La Iglesia de San Francisco de Asís en Fez, fundada siglos después, lleva el nombre del fundador de aquellos mártires como homenaje a esa historia de valentía y de fidelidad.

«Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación.» (Marcos 16, 15) — Palabras que los mártires franciscanos tomaron al pie de la letra en las calles de Fez.

La comunidad católica de Fez hoy

La comunidad católica de Fez en la actualidad es modesta en número. Está integrada principalmente por diplomáticos y funcionarios de organismos internacionales, cooperantes de organizaciones no gubernamentales, profesores e investigadores vinculados a las instituciones académicas de la ciudad, y un número creciente de trabajadores subsaharianos que han hecho de Fez una etapa o un destino en sus trayectorias migratorias.

La Iglesia de San Francisco de Asís es el centro de reunión de esta comunidad. Es uno de los pocos templos católicos que funcionan en Fez, ciudad con una densidad religiosa islámica extraordinariamente alta: mezquitas, madrasas, zouias de cofradías sufíes y mausoleos de santos forman el tejido espiritual de la medina. En ese contexto, la pequeña iglesia franciscana no compite ni pretende competir: simplemente está allí, discreta y fiel, para los que necesitan un lugar donde orar en la tradición cristiana.

Los franciscanos que sirven en Fez continúan la tradición de sus fundadores en un espíritu diferente: no el de la predicación confrontacional del siglo XIII, sino el del diálogo, el servicio y el testimonio silencioso. La presencia de la Iglesia en Marruecos, avalada por el Arzobispado de Rabat, se ejerce dentro del marco legal del país, que garantiza a los extranjeros el derecho a practicar su religión pero no permite el proselitismo entre ciudadanos marroquíes.

La Virgen en tierra de misión

En una ciudad como Fez —donde cada calle, cada fuente, cada puerta recuerda la profundidad de la tradición islámica—, la devoción mariana tiene una textura particular. No es la devoción exuberante de las grandes peregrinaciones europeas: es una devoción recogida, íntima, que el fiel lleva consigo como un tesoro discreto.

La Virgen María acompaña al cristiano que vive en tierra de misión de una manera que quizás solo se comprende plenamente en esa situación. Estar lejos de los lugares familiares de culto, de las fiestas religiosas que marcan el ritmo del año, de la comunidad amplia que sostiene la fe en los momentos de duda, hace que la relación con la Madre de Dios se vuelva más directa y más esencial. Ella es el hilo que une al fiel con la Iglesia universal cuando las estructuras visibles de esa Iglesia son escasas o lejanas.

En Fez, ciudad de santos islámicos y de sabios coránicos, la presencia de María recuerda también algo que el diálogo interreligioso ha ido poniendo de manifiesto en las últimas décadas: que el islam no es ajeno a la figura de María. El Corán dedica a ella la sura 19, que lleva su nombre —Maryam—, y la presenta como la más pura de las mujeres, elegida por Dios por encima de todas las criaturas femeninas. Esta veneración coránica de María no es idéntica a la devoción cristiana, pero crea un espacio de resonancia que no debe ignorarse.

Reflexión espiritual

Fez es una ciudad que invita a la contemplación. Sus callejuelas laberínticas obligan a ir despacio, a perderse, a confiar en que hay un camino aunque no se vea. Sus madrasas, con sus patios de mármol y sus cúpulas de madera de cedro, son lugares diseñados para el silencio y el estudio. Sus mezquitas, a las que el viajero no musulmán no puede entrar, recuerdan que hay espacios sagrados que no pertenecen a todo el mundo, que la sacralidad exige respeto y distancia.

Para el cristiano que visita o reside en Fez, la experiencia tiene algo de escuela espiritual involuntaria. Se aprende a rezar en un contexto que no te ayuda ni te obstaculiza, sino que simplemente está indiferente. Se aprende a encontrar a Dios sin las muletas de las imágenes familiares, de los ritos colectivos, de la música y los olores de las iglesias conocidas. Se aprende, en suma, a tener una fe más desnuda y más personal.

La Virgen de Fez —si podemos llamar así a la presencia mariana que la pequeña comunidad católica mantiene viva en esa ciudad— no es una imagen monumental ni un santuario de peregrinación. Es simplemente la madre que está presente cuando los hijos se reúnen, aunque sean pocos y aunque estén lejos de casa. Y eso es, quizás, suficiente.

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