Los mártires marianos de Laos — La Iglesia que florece bajo el comunismo

Mariánská oddanost

Los mártires marianos de Laos

La Iglesia que florece bajo el comunismo — 17 beatos, una fe inquebrantable

Un país que el mundo ha olvidado

Laos es uno de los países más invisibles del mundo para el ojo occidental. Un territorio enclavado entre montañas en el corazón del sudeste asiático, sin salida al mar, con siete millones de habitantes que viven en su mayoría de la agricultura. Un régimen comunista de partido único —el Pathet Lao— gobierna desde 1975 con una mano que alterna períodos de tolerancia controlada con otros de represión abierta. El turismo ha crecido en las últimas décadas —Luang Prabang, los templos del Mekong, las cascadas de Kuang Si— pero Laos sigue siendo, para la mayor parte del mundo, un mapa en blanco.

Para la Iglesia Católica, en cambio, Laos es un lugar sagrado. No a pesar de su invisibilidad, sino en parte por ella: es uno de esos territorios donde la fe se mantiene en condiciones de dificultad extrema, sin recursos, sin protección, sin reconocimiento, con la pura fuerza de la convicción y del testimonio. Y tiene un tesoro que muy pocas Iglesias nacionales del siglo XX pueden mostrar: diecisiete mártires beatificados.

Los Beatos Mártires de Laos

El 11 de diciembre de 2016, el papa Francisco proclamó beatos a diecisiete mártires de Laos en una ceremonia presidida por el cardenal Angelo Amato en Vientiane, la capital laosiana. Fue un acontecimiento histórico: la primera beatificación celebrada en suelo laosiano. Los diecisiete habían muerto entre 1954 y 1970, en circunstancias diversas pero con un denominador común: su fe en Cristo y su ministerio como sacerdotes, religiosos o catequistas.

Entre los diecisiete hay sacerdotes franceses y españoles de las Misiones Extranjeras de París y de la Sociedad de los Misioneros del Sagrado Corazón. Pero hay también —y esto es lo que hace la lista verdaderamente significativa— sacerdotes y laicos laosianos: hombres y mujeres del país que eligieron la fe por encima de la vida en momentos en que esa elección era completamente real y completamente irreversible.

Los 17 Beatos Mártires de Laos (beatificados el 11 de diciembre de 2016): Entre ellos se cuentan el padre Mario Borzaga (sacerdote italiano, asesinado en 1960), el padre Jean Wauthier (francés, 1954), y los catequistas laosianos Paolo Thoj Xyooj y Thomas Khampheuane. El más joven tenía veintidós años cuando murió. El mayor pasaba de sesenta. Sus causas de martirio fueron reconocidas formalmente por el Vaticano después de un proceso de investigación histórica y teológica que duró décadas.

El padre Khamphanh Yousombath: el sacerdote del Rosario

Entre todos los mártires de Laos, la figura del padre Khamphanh Yousombath tiene una dimensión especialmente mariana. Era un sacerdote laosiano, nacido en la provincia de Savannakhet, ordenado en los años cincuenta cuando la presencia misionera francesa todavía era posible aunque ya precaria. Khamphanh —nombre que en laosiano significa algo parecido a «bendición de la fortuna»— se convirtió en uno de los primeros sacerdotes nativos de Laos, en un tiempo en que la mayor parte del clero era europeo.

Tenía una devoción intensa al Rosario. En las comunidades que visitaba —a pie, en bicicleta, en embarcaciones por los afluentes del Mekong— enseñaba siempre la misma oración. No porque fuera la única que supiera: es que entendía que el Rosario era la oración que una comunidad sin sacerdote residente podía sostener sola. Una vez aprendida, no necesitaba libros ni infraestructura. Necesitaba solo el recuerdo y la voluntad.

Cuando el Pathet Lao fue tomando el control de las provincias en los años sesenta, el padre Khamphanh continuó su ministerio en zonas cada vez más peligrosas. Fue arrestado, liberado, vuelto a arrestar. Los detalles exactos de su muerte no están completamente documentados —como en el caso de muchos mártires de países cerrados— pero los testimonios de los supervivientes de su comunidad coinciden en que murió rezando. El Rosario estaba entre sus manos.

«El padre Khamphanh nos decía siempre: «Si algún día no puedo estar con vosotros, rezad el Rosario juntos. La Virgen sabe dónde estáis.» Nosotros lo recordamos cada vez que rezamos.»
— Testimonio de un miembro de su comunidad en Savannakhet, recogido durante el proceso de beatificación

El padre Mario Borzaga y el Rosario bajo la lluvia

Mario Borzaga nació en Trento, Italia, en 1932. Se hizo sacerdote oblato de María Inmaculada —una orden con una devoción mariana explícita inscrita en su nombre— y fue enviado a Laos en 1957, a los veinticinco años. Tenía la vitalidad y el entusiasmo de los jóvenes sacerdotes que llegan a una misión con el mundo por delante. Aprendió el laosiano con rapidez. Se adentró en las provincias del norte, en los territorios Hmong de las montañas, donde la misión era tan difícil como emocionante.

En sus diarios —que se conservan y que fueron clave en el proceso de beatificación— Borzaga escribe sobre el Rosario con una frecuencia que no es ritual sino sentida. Escribe sobre noches de tormenta en las que reza las decenas con las manos empapadas de lluvia. Escribe sobre comunidades Hmong que han aprendido el Ave María en su idioma y lo rezan con una concentración que lo conmueve. Escribe sobre la certeza de que la Virgen está presente en esas montañas aunque ningún santuario la nombre.

El 25 de abril de 1960, Mario Borzaga y su guía y catequista Paolo Thoj Xyooj fueron capturados por guerrilleros del Pathet Lao en la provincia de Xieng Khouang. Tenían veintiochos y dieciocho años respectivamente. Sus cuerpos nunca fueron encontrados. Lo que se sabe de los últimos días de Borzaga viene de sus notas encontradas en la misión: la última entrada de su diario, escrita días antes de su captura, habla de la Virgen María con una naturalidad que no tiene nada de artificio, la naturalidad de alguien que lleva años hablando con ella.

Los Hmong y el Rosario en las montañas

Los Hmong son un pueblo de las montañas del norte de Laos, de origen chino-tibetano, con una historia de migraciones y persecuciones que llena varios siglos. Durante la guerra de Vietnam, una parte de los Hmong fue reclutada por la CIA para combatir contra el Pathet Lao y el Vietcong en lo que se llamó la «guerra secreta» de Laos —secreta para el público occidental, no para los que la padecieron. Cuando los comunistas tomaron el poder en 1975, los Hmong que habían colaborado con Estados Unidos fueron perseguidos sin piedad: campos de reeducación, ejecuciones, exilio masivo hacia Tailandia.

Entre los Hmong hay comunidades católicas que llevan su fe desde los tiempos de los primeros misioneros franceses del siglo XIX. Para estas comunidades, el Rosario no es una práctica de libro sino una oración de supervivencia. En los años setenta y ochenta, con los sacerdotes desaparecidos o encarcelados, con las iglesias cerradas, con cualquier práctica religiosa pública prohibida, las comunidades Hmong rezaban el Rosario en los campos de maíz, en las noches de selva, en los campos de refugiados al otro lado de la frontera tailandesa.

Hay algo en la espiritualidad Hmong —con su sentido del tiempo circular, su veneración por los antepasados, su relación íntima con los ciclos de la naturaleza— que encontró en la devoción mariana un punto de contacto natural. María como madre, María como intercesora, María como la que recuerda a los que el mundo olvida: eso resonaba con algo profundo en la cosmovisión de un pueblo acostumbrado a ser olvidado.

La Iglesia laosiana hoy: cuarenta y cinco mil entre siete millones

Laos tiene hoy unos siete millones de habitantes, de los cuales aproximadamente el 45.000 son católicos: un porcentaje inferior al 1 %. Es una de las comunidades católicas más pequeñas, en términos relativos, de Asia. El régimen comunista del Pathet Lao permite la práctica religiosa dentro de límites estrictos: los sacerdotes extranjeros no pueden ejercer el ministerio; los nuevos sacerdotes y religiosos necesitan aprobación gubernamental; las actividades de catequesis fuera de los edificios eclesiásticos están restringidas.

Y sin embargo, la Iglesia en Laos crece. Lentamente, sigilosamente, sin grandes campañas ni estructuras visibles, pero crece. Las estimaciones del número de católicos son difíciles de verificar precisamente porque muchas comunidades prefieren mantener un perfil bajo, lejos de los registros oficiales que el gobierno podría usar para controlar su actividad. Lo que los misioneros que trabajan en Laos describen —con mucho cuidado, evitando poner en peligro a sus comunidades— es una fe que se transmite en el ámbito familiar, en las reuniones pequeñas, en los viajes de aldea en aldea que los catequistas laicos hacen a pie o en moto por las provincias del norte.

El Rosario sigue siendo el centro de esa transmisión. No ha cambiado nada de fondo: la misma oración que el padre Borzaga enseñó a los Hmong en los años cincuenta, la misma que el padre Khamphanh llevó de comunidad en comunidad rezando en los ríos y en los campos, la misma que los supervivientes recitaban en secreto mientras el Pathet Lao consolidaba su poder. Los dedos que cuentan las avemarías en Laos en 2026 son los nietos de los que las rezaban en silencio cincuenta años atrás.

«En Laos, la fe no es grande ni visible. Pero es real. Y es de los que menos se puede esperar.»
— Misionero que trabaja en Laos, en declaraciones a la agencia Fides, 2023

La Virgen como nexo de una Iglesia dispersa

En un país donde las iglesias son pocas, donde los sacerdotes son escasos, donde las comunidades están separadas por selvas y montañas y ríos, la devoción a Nuestra Señora del Rosario cumple una función que va más allá de lo estrictamente devocional: es el vínculo que une una Iglesia que no puede reunirse en un mismo lugar.

Los católicos laosianos de las provincias del norte saben que en este mismo momento, en Vientiane al sur, en Paksé al este, en las aldeas Hmong de las montañas del noroeste, otros están rezando la misma oración. El mismo Ave María, las mismas decenas, los mismos misterios. No hay comunicación directa entre ellos, no hay estructura visible que los una, no hay medios de comunicación que los conecten. Los une la oración que aprendieron de sus padres, que sus padres aprendieron de los misioneros, que los misioneros trajeron desde Francia e Italia hace ciento cincuenta años.

Esa cadena ininterrumpida de oración, que pasa por los mártires de los años cincuenta y sesenta, por los supervivientes de la represión del setenta y cinco, por los catequistas de hoy que recorren las aldeas a pie: esa cadena es la Iglesia de Laos. Y en su centro, como siempre, como en todas partes donde la fe ha tenido que sobrevivir a la adversidad, está la Virgen María, la que no abandona a sus hijos aunque el mundo los haya olvidado.

  • Siglo XIXLas Misiones Extranjeras de París (MEP) establecen las primeras misiones católicas en Laos. Evangelización lenta y difícil en un territorio mayoritariamente budista.
  • 1954Primera oleada de martirios. El padre Jean Wauthier es asesinado en Phong Saly. Comienza el período de persecución del Pathet Lao.
  • 1960El padre Mario Borzaga y el catequista Paolo Thoj Xyooj desaparecen en la provincia de Xieng Khouang. Nunca se encuentran sus cuerpos.
  • 1970Última oleada de martirios documentados del grupo de los Beatos. El padre Khamphanh Yousombath es el último en desaparecer.
  • 1975El Pathet Lao toma el poder. Cierre de la mayor parte de las iglesias. Exilio o encarcelamiento de los misioneros extranjeros.
  • 201611 de diciembre: beatificación de los 17 Mártires de Laos en Vientiane, presidida por el cardenal Amato. Primera beatificación en suelo laosiano.

En el mundo visible, Laos es uno de los últimos países comunistas del planeta, un régimen que figura en las últimas posiciones de todos los índices de libertad religiosa. En el mundo de la fe, Laos es algo diferente: es uno de los lugares donde la Iglesia ha demostrado con más claridad que no necesita edificios ni poder ni recursos para existir. Necesita personas que recuerden una oración y se la enseñen a sus hijos. Necesita el Ave María dicho en voz baja en la oscuridad, con los dedos moviéndose sobre un Rosario sin cuentas. Necesita la certeza de que hay una Madre que está mirando, aunque ningún santuario la señale.

Eso tiene Laos. Eso es suficiente.

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