生きたロザリオの祈り
Una sola Madre, muchos rostros
Los misterios del Rosario nos llevan a contemplar a Cristo con María. Las advocaciones marianas nos recuerdan que la Virgen ha acompañado a los pueblos, las familias y los corazones a lo largo de la historia. Recorre cada misterio de la mano de María, bajo el nombre con que tantos la invocan.
El Ángel anuncia y María dice «sí». Contemplamos con Ella el instante en que el Verbo se hizo carne. Es el misterio del Ángelus, que rezamos cada día.
Fruto: la humildad.
María se pone en camino para servir, y su alma proclama la grandeza del Señor. La que lleva a Cristo lo lleva también a los demás.
Fruto: la caridad con el prójimo.
En la pobreza del pesebre, la Virgen nos entrega al Salvador. Madre de Dios y Madre nuestra.
Fruto: la pobreza de espíritu.
María presenta a Jesús, Luz del mundo. La Candelaria celebra a la Madre que nos trae esa luz.
Fruto: la obediencia y la pureza.
Tres días de búsqueda angustiada. María nos enseña a buscar a Jesús cuando parece ausente, y a no perderlo nunca de vista.
Fruto: buscar siempre a Jesús.
El Padre lo proclama Hijo amado. Por el Bautismo somos hijos en el Hijo, y María es Madre de la Iglesia que nace.
Fruto: fidelidad a las promesas del Bautismo.
«Haced lo que Él os diga.» El mejor consejo de la Madre: siempre nos remite a su Hijo.
Fruto: hacer lo que Jesús nos pide.
Jesús llama a la conversión. La Virgen del Rosario nos enseña a meditar el Evangelio una cuenta tras otra.
Fruto: la conversión del corazón.
En el Tabor, la gloria de Cristo resplandece. María, llena de luz, nos prepara para contemplarla.
Fruto: el deseo de la santidad.
Jesús se queda con nosotros como Pan de vida. La Virgen del Sagrario vela junto al Señor presente en el altar.
Fruto: el amor a la Eucaristía.
«Hágase tu voluntad.» Junto a la angustia de Jesús, la Madre de los Dolores nos enseña a abandonarnos en el Padre.
Fruto: la contrición y la confianza.
Cristo padece en su cuerpo nuestros pecados. La Virgen de las Angustias comparte el dolor de su Hijo.
Fruto: la mortificación de los sentidos.
Coronan de espinas al Rey del universo. En su soledad, María permanece firme en la fe.
Fruto: la humildad y el reinado de Cristo.
En el camino del dolor, María sale al encuentro de su Hijo. También a nosotros nos acompaña en nuestra cruz.
Fruto: la paciencia en las pruebas.
Al pie de la Cruz, María se convierte en Madre nuestra. La Piedad acoge el cuerpo de Cristo y nuestras heridas.
Fruto: el perdón y el amor a la Cruz.
¡Cristo ha resucitado! La Iglesia canta a María el Regina Coeli: «Alégrate, Reina del cielo».
Fruto: la fe y la alegría pascual.
Jesús sube al Padre y nos abre el cielo. María, Reina, nos precede como signo de esperanza.
Fruto: el deseo del cielo.
En medio de los Apóstoles, María ora y la Iglesia nace llena del Espíritu. Madre y maestra de oración.
Fruto: los dones del Espíritu Santo.
En cuerpo y alma, la Madre es llevada a la gloria. Lo que en Ella se cumple, en nosotros se promete.
Fruto: la gracia de una buena muerte.
María es coronada Reina. Toda advocación encuentra aquí su raíz: la Madre glorificada que intercede por sus hijos.
Fruto: la confianza filial en María.
Recorre estos misterios rezando el Rosario, y deja que María te lleve siempre a Jesús.
