Nuestra Señora de Rabat

Mariaverering

Nuestra Señora de Rabat y el diálogo interreligioso

Rabat, capital del Reino de Marruecos

Rabat, la capital del reino alauí, es una ciudad donde la historia y la modernidad conviven con una elegancia discreta. En ella, la Catedral de San Pedro es la sede del Arzobispado de Rabat y el corazón de la vida católica de todo Marruecos. En marzo de 2019, el papa Francisco visitó la ciudad y pronunció palabras que quedaron como jalones en el camino del diálogo entre el islam y el cristianismo. María —Maryam en el Corán— es también en Rabat un punto de encuentro entre las dos tradiciones de fe.

Ciudad: Rabat, capital de Marruecos
Templo principal: Catedral de San Pedro
Diócesis: Arzobispado de Rabat
Visita papal: 30-31 marzo 2019
Patrimonio UNESCO: Medina de Rabat
Monumento islámico: Torre Hassan (s. XII)

Rabat, capital del reino alauí

Rabat es una ciudad que no grita. A diferencia de Casablanca, que impone su modernidad a base de volumen y movimiento, o de Fez, que aplasta con el peso de los siglos, Rabat tiene el tono de las capitales que han aprendido a gobernar sin alardear. Sus avenidas amplias, sus jardines cuidados, su kasba de los Udaya sobre el estuario del río Bu Regreg, su ribera que mira hacia la ciudad vecina de Salé: todo en Rabat habla de una ciudad que se ha construido a sí misma con paciencia y con cierto sentido de la proporción.

La historia de Rabat se remonta a la antigüedad —los romanos tuvieron allí un asentamiento, Sala Colonia—, pero su fundación como ciudad islámica relevante data del siglo XII, cuando el sultán almohade Yakub al-Mansur emprendió la construcción de una gran mezquita y de la torre Hassan, un minarete de dimensiones faraónicas que iba a ser el más alto del mundo islámico pero que nunca se terminó. La torre Hassan, con sus 44 metros de altura sobre la explanada donde descansan las columnas de la mezquita inacabada, es hoy el símbolo más reconocible de Rabat y uno de los monumentos más fotografiados de Marruecos.

Rabat se convirtió en capital del reino bajo el Protectorado francés, cuando el residente general Lyautey decidió construir la nueva ciudad administrativa fuera de las murallas de la medina histórica, preservando así el tejido urbano tradicional. Esa decisión de separar lo nuevo de lo antiguo, construir junto a la historia sin destruirla, es hoy considerada un ejemplo pionero de urbanismo colonial sensato. La medina de Rabat, junto con el barrio moderno del Protectorado, el mausoleo de Mohammed V y la torre Hassan, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2012.

La Iglesia Católica en Marruecos: presencia discreta y fiel

La Iglesia Católica en Marruecos es una de las comunidades religiosas minoritarias del mundo islámico que ha encontrado, a lo largo de la historia, un modus vivendi relativamente estable con el poder político del país. No ha sido siempre fácil, y las condiciones cambian con los gobiernos y los contextos históricos, pero Marruecos no ha sido —históricamente— uno de los países más hostiles a la presencia cristiana en el Dar al-Islam.

La Iglesia Católica en Marruecos está organizada en torno a dos diócesis: el Arzobispado de Rabat, que cubre la mayor parte del país, y la Diócesis de Tánger, que atiende el norte. Ambas son diócesis de misión, con un número de fieles muy reducido comparado con el total de la población. Los católicos de Marruecos son casi exclusivamente extranjeros: diplomáticos, trabajadores de organismos internacionales, migrantes subsaharianos, religiosos y religiosas. La conversión de ciudadanos marroquíes al catolicismo es prácticamente inexistente como fenómeno colectivo, entre otras razones porque la ley marroquí no la permite y la presión social la hace extraordinariamente difícil.

En ese contexto, la Iglesia en Marruecos ha desarrollado una vocación de servicio más que de expansión. Los colegios católicos —que en Marruecos tienen una sólida reputación de calidad— admiten alumnos de todas las confesiones y son frecuentados principalmente por familias marroquíes musulmanas que valoran el nivel académico. Los hospitales y obras sociales de congregaciones religiosas atienden a la población sin distinción de religión. Esta presencia servicial y discreta es la forma que la Iglesia ha encontrado de estar en Marruecos de manera auténtica y respetuosa.

La Catedral de San Pedro y las iglesias de Rabat

La Catedral de San Pedro de Rabat es un edificio de estilo neogótico construido durante el Protectorado francés. Es la sede del Arzobispado de Rabat y, como tal, el templo católico de mayor rango en Marruecos. Su arquitectura —torres gemelas, rosetón central, nave principal con sus arcadas— recuerda las catedrales del norte de Francia, traídas a África como una forma de marcar presencia y de crear un espacio de referencia para la comunidad católica de la capital.

La catedral ha sido, a lo largo de los años, escenario de momentos significativos de la vida de la Iglesia en Marruecos: ordenaciones sacerdotales, celebraciones litúrgicas de las grandes fiestas del año, actos ecuménicos e interreligiosos. Su relación con las autoridades marroquíes ha sido, en general, de respeto mutuo: el Estado marroquí reconoce el derecho de los extranjeros a practicar su fe y no interfiere en la vida interior de las comunidades religiosas no islámicas.

Rabat tiene además otras iglesias más pequeñas, capillas de congregaciones religiosas y lugares de oración de distintas comunidades protestantes, que forman el mosaico de la presencia cristiana en la capital. Cada una de estas comunidades tiene su propia historia, sus propias tradiciones litúrgicas y su propia composición sociológica, pero todas comparten la condición de minorías que viven su fe en un entorno mayoritariamente islámico.

La visita histórica del Papa Francisco en 2019

El 30 y 31 de marzo de 2019, el papa Francisco visitó Marruecos en un viaje apostólico que fue, en muchos sentidos, un acontecimiento histórico. Fue la segunda visita de un papa a Marruecos —la primera fue la de Juan Pablo II en 1985—, y se produjo en un momento de intenso debate internacional sobre las relaciones entre el islam y el cristianismo, y sobre la situación de los migrantes en las rutas que llevan desde el África subsahariana hacia Europa a través de Marruecos y el Mediterráneo.

El primer día, Francisco se reunió con el rey Mohammed VI en el Palacio Real de Rabat. El rey, que ostenta el título de Comendador de los Creyentes, es el guardián constitucional de la identidad islámica de Marruecos y el garante de la libertad religiosa de los no musulmanes en el país. El encuentro fue cordial y simbólico: dos líderes religiosos de las dos grandes tradiciones de fe abrahámicas, reunidos en la capital de un reino que se define a sí mismo como islámico pero que ha tenido siempre una actitud de relativa apertura hacia el diálogo.

Francisco visitó también el Instituto Mohammed VI de Formación de Imanes y Predicadores, una institución creada por el rey para formar a responsables religiosos musulmanes —marroquíes y de otros países africanos— en un islam moderado, basado en la tradición malikí marroquí, que rechaza el extremismo y promueve la coexistencia. La visita a esa institución fue un gesto cargado de significado: el papa cristiano reconociendo públicamente el valor de una iniciativa islámica por la paz y la moderación religiosa.

En su discurso pronunciado en Rabat ante las autoridades del país y el cuerpo diplomático, Francisco insistió en algunos de sus temas recurrentes: el rechazo del fundamentalismo y de la instrumentalización política de la religión, la defensa de la dignidad de los migrantes, el valor del diálogo entre civilizaciones. Sus palabras sobre Marruecos como «tierra de encuentro y de diálogo» no eran una cortesía diplomática vacía, sino una descripción de una tradición histórica real, con sus luces y sus sombras, que el pontífice conocía y valoraba.

Al día siguiente, Francisco presidió una misa en el estadio principal de Rabat ante la pequeña comunidad católica de Marruecos —algunos miles de fieles, en su mayoría migrantes subsaharianos— y visitó el hogar infantil de las Hermanas Franciscanas de María, una obra de acogida a niños en situación de vulnerabilidad. Con ese gesto, el papa subrayó que la Iglesia en Marruecos no vive recluida en sus templos sino que está presente en el tejido social a través del servicio a los más pobres.

«Cuando hablamos de diálogo entre religiones, no queremos decir que todas las religiones son iguales, sino que las personas tienen el mismo derecho a la dignidad.» — Papa Francisco, Rabat, 30 de marzo de 2019.

La devoción mariana como puente entre culturas

En el contexto de Rabat —ciudad donde el diálogo interreligioso tiene una dimensión institucional y política que va más allá de la simple convivencia cotidiana—, la devoción mariana adquiere un significado particular. La Virgen María es, quizás, el punto de mayor convergencia simbólica entre el islam y el cristianismo.

El Corán menciona a María con una frecuencia y una profundidad que sorprende a muchos lectores occidentales no familiarizados con el texto sagrado islámico. La sura 19, titulada «Maryam», relata el anuncio del nacimiento de Jesús a María con un paralelismo notable con el Evangelio de Lucas: el ángel mensajero, la perplejidad de la joven ante el anuncio, la concepción virginal, el alumbramiento junto a la palmera. El Corán llama a María la más pura de las mujeres y afirma que fue elegida por Dios por encima de todas las criaturas femeninas.

Esta veneración coránica de María no es idéntica a la devoción cristiana —para el islam, María es la madre de un profeta excepcional, Isa, pero no la Madre de Dios en el sentido teológico cristiano—, pero crea un espacio de resonancia que el diálogo interreligioso ha ido explorando con creciente interés. En Marruecos, donde la presencia islámica es tan densa y tan antigua, la Virgen puede ser un punto de partida para conversaciones que de otra manera serían difíciles.

La comunidad católica de Rabat tiene plena conciencia de ese potencial. Las iniciativas de encuentro entre fieles de las dos religiones —jornadas de oración por la paz, proyectos de servicio social compartidos, encuentros académicos sobre las figuras comunes de las dos tradiciones— tienen en Rabat un espacio privilegiado que pocas ciudades del mundo islámico ofrecen en la misma medida.

Reflexión espiritual sobre la convivencia

Rabat enseña que la convivencia entre el islam y el catolicismo no es un ideal utópico sino una realidad posible, aunque no exenta de tensiones y de límites. La pequeña comunidad católica que vive en la capital marroquí lo sabe bien: convivir no significa ignorar las diferencias, pretender que las creencias son intercambiables o renunciar a la propia identidad. Significa, más bien, reconocer al otro en su alteridad, respetar sus espacios sagrados como él respeta los tuyos, y buscar los puntos de encuentro sin forzarlos donde no los hay.

La Virgen María —Nuestra Señora de la Paz, como se la invoca en una de las iglesias de Rabat— es en ese contexto un símbolo de la paz que no destruye la diferencia sino que la asume y la trasciende. Su imagen no aparece en las mezquitas, pero su nombre se pronuncia con respeto en las escuelas coránicas y en los hogares musulmanes devotos. Esa presencia discreta es, a su manera, un puente.

Que la Virgen de Rabat interceda por todos los que trabajan en el diálogo entre las religiones, por los que sirven a los más pobres sin preguntar su fe, y por la pequeña comunidad católica que en la capital del reino alauí mantiene viva la llama de la fe cristiana.

Een bloem voor de Maagd Maria

Reza un Ave María por Marruecos y por la comunidad católica que allí vive.

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