Los Cinco Mártires Franciscanos de Marruecos (1220)

Mariánská oddanost

Los Cinco Mártires Franciscanos de Marruecos

Berardo y sus compañeros — Primeros mártires de la Orden Franciscana — † 16 de enero de 1220, Marrakech

En enero de 1220, cinco frailes menores fueron decapitados en Marrakech por orden del sultán almohade. Se llamaban Berardo, Pedro, Acursio, Adyuto y Otón. Habían cruzado el Mediterráneo y luego el Estrecho para predicar el Evangelio en tierra de islam, siguiendo el espíritu del hombre que los había enviado: Francisco de Asís. Su muerte fue el primer martirio documentado del movimiento franciscano, y su sangre germinó de manera inesperada: un joven clérigo agustiniano en Coímbra, al ver pasar sus restos, abandonó todo lo que tenía para hacerse fraile menor. Ese joven se llamaba Fernando de Martins. La historia lo conocería como san Antonio de Padua.

Francisco de Asís y el sueño de la misión entre infieles

Para comprender el martirio de estos cinco frailes hay que comenzar por su fundador. Francisco de Asís —nacido hacia 1181-1182 en Umbría, Italia— experimentó una conversión profunda en torno a 1205-1206 que lo llevó a abrazar radicalmente el Evangelio: pobreza total, fraternidad universal, servicio a los enfermos y los pobres. Pero en el corazón de Francisco ardía también otro fuego: el deseo de ir a predicar a los pueblos no cristianos, especialmente al mundo musulmán, con el que el occidente cristiano estaba en ese momento en pleno conflicto armado a causa de las Cruzadas.

La actitud de Francisco ante el islam era radicalmente distinta a la lógica cruzada dominante. No veía a los musulmanes como enemigos a los que combatir, sino como hermanos a los que anunciar a Cristo, si es preciso con el precio de la propia vida. Esta intuición misionera era profundamente evangélica: no el escudo y la espada, sino la palabra y el testimonio, incluso hasta la muerte.

El propio Francisco intentó llegar a tierra musulmana en varias ocasiones antes de conseguirlo. En 1212, trató de alcanzar Siria pero una tormenta lo obligó a regresar. En 1214, intentó ir a Marruecos, pero enfermó gravemente en España y no pudo continuar. En 1219, finalmente, cruzó a Tierra Santa y llegó al campamento cruzado en Damieta (Egipto), desde donde se dirigió al sultán al-Kamil y mantuvo con él un encuentro que quedó grabado en la memoria franciscana como modelo de diálogo respetuoso y valiente.

Este deseo de misión entre los musulmanes no lo guardó Francisco para sí: lo transmitió a sus frailes, especialmente a los más ardientes. Fue así como, hacia 1219, envió al primer grupo misionero hacia Marruecos.

Los cinco frailes: quiénes eran

Los cinco hombres que Francisco eligió para esta misión tenían perfiles distintos, pero los unía la misma disposición interior: la voluntad de predicar sin armas, aceptando la posibilidad del martirio como culminación del seguimiento de Cristo.

Berardo de Carbio (o Bérard) era probablemente el más experimentado del grupo y actuaba como su guía natural. Procedía de la región italiana de Umbría. Hablaba árabe, lo que era excepcional entre los frailes de la época y lo hacía especialmente valioso para la misión. Era sacerdote. Sería considerado después el líder del grupo y encabeza siempre las listas de los cinco mártires.

Pedro era también sacerdote. Las fuentes lo mencionan como compañero íntimo de Berardo desde antes de la misión. Su identidad precisa es menos conocida que la de Berardo, pero su nombre figura siempre en segundo lugar en los martirologios.

Adyuto (o Adiuto) era igualmente sacerdote. Junto con Pedro, formaba parte del núcleo sacerdotal del grupo, el que podía celebrar los sacramentos y ejercer el ministerio litúrgico.

Acursio y Otón eran frailes legos —no ordenados sacerdotes—, que se habían incorporado al movimiento franciscano como hermanos en la vida fraterna y en el servicio. Su presencia en el grupo ilustra la dimensión no clerical del primer franciscanismo: la vocación misionera no era exclusiva del clero.

Berardo de Carbio: Sacerdote, hablaba árabe, líder del grupo
Pedro: Sacerdote, compañero de Berardo
Adyuto: Sacerdote
Acursio: Fraile lego
Otón: Fraile lego
Fecha del martirio: 16 de enero de 1220
Lugar: Marrakech, Marruecos
Canonización: 16 de enero de 1481, por Sixto IV

El viaje: de Italia a Sevilla, de Sevilla a Ceuta, de Ceuta a Marruecos

El itinerario de los cinco frailes desde Italia hasta Marruecos refleja la complejidad geopolítica y religiosa de aquella época. Partieron de Italia hacia la Península Ibérica con la intención de predicar en los territorios del Imperio almohade, que a comienzos del siglo XIII controlaba el norte de África y buena parte de al-Ándalus.

Llegaron primero a Sevilla, que en 1219 era todavía ciudad musulmana —no sería reconquistada por Fernando III de Castilla hasta 1248—. En Sevilla intentaron predicar públicamente en la mezquita mayor, lo que les valió ser expulsados de la ciudad. La predicación en tierras de islam sin permiso era peligrosa e inusual incluso para los misioneros más audaces.

Desde Sevilla cruzaron hasta Ceuta, enclave costero del norte de África, y de allí emprendieron el camino hacia Marruecos propiamente dicho, hacia la ciudad de Marrakech, que era en ese momento la capital del imperio almohade y residencia del sultán. El periplo completo duró varios meses.

A lo largo del camino, los frailes predicaron con la audacia característica del primer franciscanismo: sin concesiones, sin disimular su fe, sin estrategia de infiltración sino con anuncio directo. Esta actitud, que en Europa podía resultar excéntrica pero raramente ponía en peligro la vida, en el mundo almohade —donde la apostasía del islam estaba penada con la muerte y la predicación misionera era vista como subversión— era un riesgo real y calculado.

Marrakech: la predicación y el encarcelamiento

En Marrakech los frailes no tardaron en hacerse visibles. Según las fuentes franciscanas más antiguas, predicaron abiertamente en la mezquita principal de la ciudad, lo que constituía una provocación extraordinaria desde el punto de vista de las autoridades islámicas. La mezquita era el espacio sagrado por excelencia del mundo islámico, y la proclamación cristiana dentro de ella equivalía, en el código cultural de la época, a una profanación.

Fueron arrestados inmediatamente y llevados ante las autoridades. El sultán de Marruecos en ese momento es identificado de forma algo confusa en las fuentes medievales: algunos textos hablan del sultán Miramamolín, título que los cronistas hispanos del siglo XIII aplicaban genéricamente a los soberanos almohades. La historiografía moderna sitúa el martirio bajo el reinado del sultán Yusuf II al-Mustansir (1213-1224), hijo y sucesor del gran Abu Yusuf al-Mansur.

Llevados ante el sultán, los frailes se negaron a apostatar o a dejar de predicar. Fueron encarcelados. Durante el tiempo de su cautiverio continuaron predicando a los otros presos. El sultán, según las crónicas, los expulsó en varias ocasiones de su territorio, pero ellos regresaron siempre. Esta pertinacia fue interpretada por las autoridades como una provocación deliberada e irrenunciable.

Finalmente, el sultán ordenó su ejecución. El 16 de enero de 1220, Berardo, Pedro, Adyuto, Acursio y Otón fueron decapitados en Marrakech. Tenían entre veinte y treinta años.

«Quien pierde su vida por mí la encontrará.»
— Mt 10,39 — Palabras del Evangelio que los mártires tenían presentes en su misión

El traslado de los restos y la conversión de Antonio de Padua

Los cuerpos de los cinco mártires fueron recogidos por cristianos residentes en Marruecos —probablemente mercaderes y cautivos de origen peninsular— y trasladados a Portugal, concretamente a Coímbra, donde el rey Alfonso II de Portugal los recibió con gran honor y los entregó a la iglesia del monasterio agustiniano de Santa Cruz.

Lo que sucedió entonces pertenece ya a la historia de los santos. En ese monasterio de Santa Cruz de Coímbra residía como clérigo agustiniano un joven de poco más de veinte años llamado Fernando de Martins, nacido en Lisboa hacia 1195, de familia noble. Cuando el cortejo con los restos de los mártires pasó ante él, Fernando experimentó una conmoción interior que lo llevó a tomar una decisión radical: abandonar la vida cómoda y segura del monasterio agustiniano y unirse a los pobres frailes menores que acababan de dar la vida por predicar el Evangelio en tierra de infieles.

Fernando de Martins se hizo franciscano, tomó el nombre de Antonio, y marchó también él hacia Marruecos, movido por el mismo sueño de martirio que había impulsado a Berardo y sus compañeros. Una enfermedad lo obligó a regresar; los vientos lo desviaron hacia Sicilia; terminó en el capítulo general de Asís de 1221. Allí comenzó su extraordinaria carrera como predicador, teólogo y taumaturgo que lo llevó a ser canonizado apenas un año después de su muerte, en 1232, y a convertirse en uno de los santos más populares de la historia de la Iglesia: san Antonio de Padua.

Así, el martirio de los cinco franciscanos de Marruecos no solo produjo el testimonio de cinco vidas entregadas: produjo también la conversión de uno de los santos más amados de la Iglesia universal. La sangre de los mártires fue, literalmente, semilla de santidad.

La canonización y el lugar en la historia franciscana

Durante casi dos siglos y medio, los cinco mártires de Marruecos fueron venerados en Portugal, especialmente en Coímbra, donde sus reliquias permanecían en el monasterio de Santa Cruz. Su culto fue creciendo con el paso del tiempo, favorecido por la expansión de la Orden Franciscana en la Península Ibérica y por la memoria que los frailes menores guardaban celosamente de sus primeros mártires.

La canonización formal llegó el 16 de enero de 1481, cuando el papa Sixto IV los inscribió en el catálogo de los santos. La fecha elegida no fue casual: era el aniversario de su martirio, el 16 de enero. La canonización tardó más de doscientos sesenta años en producirse —un período excepcionalmente largo— pero ello no disminuye en nada la autenticidad del culto que se les había tributado desde mucho antes.

Son reconocidos como los protomartyres Ordinis Minorum, los primeros mártires de la Orden de los Frailes Menores. Su significado dentro de la espiritualidad franciscana es, por tanto, fundacional: encarnan el ideal misionero del propio Francisco, la voluntad de ir al encuentro del otro sin armas, predicando únicamente con el ejemplo y la palabra, dispuesto a pagar con la vida si así lo exige el Evangelio.

La devoción mariana en el espíritu franciscano

Francisco de Asís tenía una devoción particular a la Virgen María que impregnó toda la espiritualidad de su Orden desde los orígenes. La capilla de la Porciúncula, cerca de Asís, era el corazón de la primera comunidad franciscana, y estaba dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles. En aquella pequeña iglesia oraba Francisco cotidianamente; allí convocó los primeros capítulos de la Orden; allí murió en 1226.

Esta devoción mariana se transmitió naturalmente a sus frailes y, en particular, a los misioneros. Los cinco mártires de Marruecos llevaban con ellos, además de su fe en Cristo, la herencia espiritual de una Orden que veía en María el modelo perfecto del discípulo: la que dijo sí sin reservas, la que acompañó a su Hijo hasta la Cruz, la que no huyó cuando llegó el momento decisivo.

En el contexto del martirio, la devoción mariana franciscana tiene una dimensión especialmente luminosa: María es la madre que acompaña a sus hijos hasta el extremo del camino, igual que acompañó al suyo. Los mártires de Marruecos, en ese sentido, murieron como hijos de la Orden que nació bajo el manto de Nuestra Señora de los Ángeles.

Květina pro Pannu Marii

Reza un Ave María por Marruecos y por los que dieron su vida por la fe.

Modlit se

Chybí ve vašem městě úcta k Panně Marii?

Si no encuentras la advocación mariana de tu ciudad o pueblo, cuéntanosla: la investigaremos para ubicarla y darla a conocer en este mapa del amor de la Madre por el mundo.

Navrhnout svatého patrona →
🌹Mariánská anekdotaObjevte je