La Virgen María en la vida de santos y contemplativos

La Virgen María en la vida de santos y contemplativos

Anécdotas de santos · Siglos XVII–XX

Algunos de los santos y místicos más grandes de la historia tuvieron con la Virgen María una relación que superaba la devoción ordinaria: era una presencia viva, maternal y transformadora en su oración cotidiana. Estas son algunas de sus anécdotas más conmovedoras.

1. San Juan Bosco: el sueño de los nueve años (1824)

Juan Bosco tenía nueve años cuando, en el verano de 1824, tuvo el sueño que definiría toda su vida. En ese sueño se encontraba en un patio donde muchos muchachos reían, jugaban, y no pocos blasfemaban. Juan intentó hacerles callar a puñetazos. Entonces apareció «un hombre de aspecto majestuoso, vestido con un manto de luz que le cubría todo el cuerpo, cuyo rostro era tan luminoso que Juan no podía fijar en él sus ojos».

El hombre de luz le dijo: «No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ganar a estos amigos tuyos.» Junto a él había «una mujer majestuosa, vestida con un manto que resplandecía como si en cada punto tuviera una estrella luminosísima». La mujer tomó a los muchachos de la mano —que se habían transformado de niños peleoneros en corderos mansos— y los presentó a Juan.

«Soy la hija de Aquel a quien tu madre te ha enseñado a invocar tres veces al día. Estos son tus hijos.» — La Mujer del sueño, a Juan Bosco, 1824

Juan Bosco contó este sueño por primera vez al Papa Pío IX en 1858, por expreso mandato del pontífice. El Papa le ordenó que lo pusiera por escrito, y así quedó incorporado a las Memorias del Oratorio, la autobiografía que Don Bosco dictó en sus últimos años. Durante toda su vida, Don Bosco interpretó a la mujer del sueño como la Virgen María, y a los muchachos como los jóvenes a quienes debía dedicar su misión.

La devoción de Don Bosco a María Auxiliadora fue el motor de su obra: con los jóvenes más pobres y abandonados de Turín fundó el Oratorio, y más tarde la Congregación Salesiana, que hoy trabaja en más de 130 países. Construyó en Turín la Basílica de María Auxiliadora, consagrada en 1868, que aún hoy es un importante centro de peregrinación mariana.

Fuente: Don Bosco, Giovanni. Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales (1873-1878). Boletín Salesiano (boletinsalesiano.info). SDB.org (web oficial salesiana).

2. San Alfonso María de Ligorio: «Las Glorias de María» (1750)

San Alfonso María de Ligorio (1696–1787) es considerado uno de los teólogos marianos más importantes de la historia de la Iglesia. Doctor de la Iglesia y fundador de los Redentoristas, su vida estuvo marcada desde la infancia por una devoción intensa a la Virgen.

Comenzó a recopilar materiales para su gran obra mariana cuando tenía 38 años, y la terminó a los 54, en 1750, con el título Las Glorias de María. La obra surgió como respuesta directa a los jansenistas, que difundían la idea de que la devoción mariana era una superstición incompatible con la fe verdadera. San Alfonso quiso demostrar con la Tradición, los Padres de la Iglesia y la teología que la intercesión de María es fundamento de la fe cristiana.

«Oh María, el nombre de madre expresa todo tu amor hacia nosotros. Tú eres nuestra madre, y nosotros somos tus hijos.» — San Alfonso María de Ligorio, Las Glorias de María

San Alfonso relataba en su correspondencia espiritual que durante la oración experimentaba con frecuencia una certeza de la presencia de la Virgen. Cuando sufría noches de aridez espiritual —períodos de sequedad en la oración muy conocidos en los grandes místicos— encontraba en la invocación de María el camino de vuelta a la consolación. Atribuía a esta devoción su capacidad para mantener la caridad pastoral durante décadas de trabajo agotador como obispo y como confesor.

Las Glorias de María ha sido traducida a docenas de idiomas y ha formado la piedad mariana de generaciones enteras de sacerdotes, religiosos y laicos en todo el mundo. Es considerada una de las obras marianas más influyentes de la historia de la Iglesia.

Fuente: corazones.org (texto completo de Las Glorias de María). EWTN: San Alfonso M. Ligorio. formacioncatolica.org.

3. Beato Carlos de Foucauld: «Mi Dios, si existes, hazme conocerte» (París, 1886)

Carlos de Foucauld (1858–1916) era, en 1886, un joven aristócrata francés de 28 años que había abandonado la fe en la adolescencia. Oficial del ejército, explorador, dandy parisino: su vida era la antítesis de la espiritualidad. Sin embargo, su contacto con los musulmanes del norte de África le había dejado una pregunta que no podía silenciar: ¿y si Dios existe?

Esa pregunta le llevó, en el otoño de 1886, a la parroquia de Saint-Augustin en París, donde buscó al abbé Huvelin, un sacerdote de quien había oído hablar. No iba a confesar: iba a discutir. El abbé le escuchó en el confesionario y, sin responder a sus argumentos filosóficos, simplemente le invitó a arrodillarse y a hacer una confesión general de toda su vida. Carlos de Foucauld obedeció. Salió del confesionario convertido.

«En cuanto creí que existía Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él.» — Carlos de Foucauld, carta a Henry de Castries, 1901

La Virgen María jugó un papel particular en los primeros años de su vida de fe. Al entrar en la iglesia, De Foucauld pasaba siempre ante las imágenes marianas y se detenía a rezar. En sus diarios y cartas espirituales, la llama «Nuestra Señora» con una familiaridad filial que va creciendo con los años. Su devoción mariana se hizo más intensa cuando, siguiendo el ejemplo de Nazaret, fue a vivir como hermano a Tierra Santa, cerca de los lugares donde la Virgen había vivido.

Carlos de Foucauld fue ordenado sacerdote en 1901 y vivió los últimos años de su vida en el desierto del Sáhara, en Tamanrasset (Argelia), entre los tuareg. Fue asesinado el 1 de diciembre de 1916. Fue beatificado por el Papa Francisco el 27 de mayo de 2022.

Fuente: Diocèse de Paris: «La conversion de Charles de Foucauld à Saint-Augustin». Laportelatine.org. RCF (radio católica francesa).

4. San Francisco de Sales: la curación de la melancolía ante Nuestra Señora de Buen Socorro (París, hacia 1588)

Francisco de Sales (1567–1622) es conocido por su mansedumbre proverbial y por ser el patrono de los escritores católicos y de la prensa. Pero pocos saben que en su juventud pasó por una crisis espiritual devastadora que le llevó al borde de la desesperación.

Estudiaba filosofía y teología en París, en el colegio de Clermont, cuando comenzó a atormentarle la pregunta de la predestinación: ¿y si Dios le tenía predestinado a la condenación eterna? La pregunta, alimentada por los debates teológicos de la época, se convirtió en una obsesión que le privaba del sueño, del apetito y de la alegría. El joven Francisco cayó en lo que hoy llamaríamos una depresión profunda.

Un día de 1588, en la iglesia de Saint-Étienne-des-Grès de París, donde se veneraba una antigua imagen de la Virgen llamada Nuestra Señora de Buen Socorro (Notre-Dame du Bon Secours), Francisco se arrodilló ante la imagen y rezó la oración que había aprendido de niño: el Memorare de San Bernardo. Pidió a la Virgen que le concediera al menos poder amarla y servir a Dios aunque fuera desde el infierno.

«Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado.» — Memorare, San Bernardo de Claraval

Al terminar la oración, Francisco sintió que la oscuridad que le aplastaba se disipaba de repente. Una paz indescriptible ocupó su lugar. El futuro santo salió de la iglesia libre de la angustia que le había paralizado durante meses. Nunca más volvió a padecerla. Atribuyó esta curación a la intercesión de la Virgen Maria y, desde ese momento, su devoción mariana se convirtió en uno de los pilares de su vida espiritual y de su obra de escritor y predicador.

Fuente: Aleteia España: «La Virgen rescató a San Francisco de Sales de la obsesión». Revista Heraldos del Evangelio. corazones.org.

Zieds Jaunavai

Como hicieron estos santos, acude a la Virgen con confianza. Reza el Memorare.

Rezar el Memorare

Oh Virgen María, Madre de los santos y de los contemplativos, que guías a los que te buscan con corazón sincero, guíanos también a nosotros hacia tu Hijo Jesucristo. Por el Rosario y por tu intercesión, danos la paz que el mundo no puede dar. Amén.

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