Anekdoter om Jungfru Maria
"Bernadettes rosenkrans och den vitklädda damen"

El 11 de febrero de 1858, Bernadette Soubirous, una niña de catorce años, fue con su hermana y una amiga a recoger leña a las afueras de Lourdes. Al descalzarse para cruzar el arroyo junto a la gruta de Massabielle, oyó «un ruido como de una ráfaga de viento» y vio a una Señora vestida de blanco, con una cinta azul y «una rosa amarilla en cada pie». La visión rezó con ella el rosario y desapareció al terminarlo.
En las apariciones siguientes, Bernadette volvió siempre con su rosario en la mano, y la Señora lo rezaba a su lado. El santuario subraya que el rosario fue desde el primer instante el lenguaje del encuentro entre ambas: una oración sencilla, repetida y humilde, a la medida de aquella niña pobre y enferma.
Así respondió la Señora, en dialecto gascón, el 25 de marzo de 1858, fiesta de la Anunciación, cuando Bernadette le preguntó insistentemente su nombre. En otra de las apariciones, invitada a cavar en la tierra, a beber y lavarse, la niña hizo brotar el manantial que se convertiría en el signo más conocido de Lourdes.
La memoria temprana del santuario conserva además dos episodios entrañables: el de Catalina Latapie, que lavó en aquella agua su brazo dislocado la misma noche de la primera aparición y recuperó la movilidad; y el de la vela que Bernadette sostenía durante un éxtasis, cuya llama pasó junto a su mano sin quemarla, hecho observado por el doctor Douzous.
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