เกร็ดเล็กเกร็ดน้อยเกี่ยวกับพระแม่มารี
ซูซานน์ อูแบร์ และพระแม่แห่งความเมตตา ริมแม่น้ำวังกานุย

A orillas del río Whanganui, en un recodo de Nueva Zelanda llamado Jerusalén, en lengua maorí Hiruharama, vivió y trabajó una mujer a la que el pueblo conoció como Meri Hōhepa: la venerable Suzanne Aubert. Francesa de origen, llegó como misionera y entregó su vida entera a los maoríes, a los pobres, a los niños abandonados y a los enfermos. Su figura es hoy reconocida por la Iglesia con el título de venerable, primer paso de un camino hacia los altares.
Su espiritualidad fue explícitamente mariana, y eso está bien documentado. Fundó la congregación de las Hijas de Nuestra Señora de la Compasión, y en ese mismo nombre se condensa toda su mirada: María como Madre de la Compasión, la que está junto a los pobres, los enfermos y los descartados, como estuvo al pie de la Cruz. Desde 1883 la misión de Jerusalén fue su centro, con escuela, atención sanitaria y pastoral, siempre bajo el amparo de la Virgen.
En la casa de Jerusalén había una imagen de Nuestra Señora de la Compasión, y ante ella se reunían Suzanne y las niñas, maoríes y europeas, para rezar el Rosario y encomendar a los enfermos. Aquí lo documentado es precioso por su sencillez: la oración cotidiana, el oratorio mariano, los favores que los archivos de la congregación atribuyen de manera general a la intercesión de la Virgen en situaciones límite, niños enfermos o falta de alimento. Esos relatos suelen recogerse de forma global, sin detalles novelescos; por eso, de una anécdota concreta y verificable al público, hay que decir con honradez que no consta. Lo cierto y conmovedor es el conjunto: una vida de servicio sostenida por el Rosario.
Suzanne Aubert supo además inculturar la fe, hablar la lengua del pueblo y respetar su mundo, mostrando que María no venía a borrar a los maoríes sino a abrazarlos como Madre. Hoy Jerusalén / Hiruharama sigue siendo lugar de peregrinación en torno a ella y a la devoción de la Compasión.
Quien quiera entender a Suzanne Aubert solo tiene que mirar lo que rezaba: el Rosario, despacio, ante la Madre de la Compasión, con los más pequeños a su lado. Ahí estaba todo su secreto, porque la compasión de María se aprende rezando, y se contagia compartiendo el Rosario con los pobres.
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