María en los países bálticos — Fe que sobrevive al invierno soviético

Advocación mariana

María en los países bálticos

Fe que sobrevive al invierno soviético — Letonia, Estonia y la devoción que no cedió

La Basílica de Aglona en Letonia
La Basílica de la Asunción de Aglona, el mayor santuario católico del Báltico. Cada 15 de agosto reúne a 200.000 peregrinos. Wikimedia Commons · dominio público.

Tres países, tres historias, una misma fe

Cuando hablamos de los países bálticos — Estonia, Letonia y Lituania — solemos hablar de ellos juntos, como si fueran un bloque homogéneo. Y en algunos sentidos lo son: los tres sufrieron la misma ocupación soviética, las mismas deportaciones a Siberia, el mismo intento de borrar sus identidades nacionales. Los tres recuperaron la independencia en 1991, los tres se convirtieron en países de la UNIÓN Europea, los tres han sido durante estas últimas décadas democracias estables en la frontera este de Europa libre.

Pero en lo que respecta a la fe y a la devoción mariana, los tres países tienen historias muy diferentes. Lituania es casi unánimemente católica — nueve de cada diez lituanos se identifican con el catolicismo, aunque la práctica religiosa sea variable. Letonia está dividida entre el luteranismo histórico del norte y el catolicismo del sur, en una región llamada Latgale que es una de las comunidades católicas más fervorosas de toda Europa. Y Estonia es, en términos estadísticos, el país menos religioso de Europa: la mayoría de su población se declara sin religión, y la pequeña comunidad católica — apenas unos miles de fieles — lleva siglos siendo una minoría dentro de una minoría.

Y sin embargo, en los tres países, hay historias de devoción mariana que el comunismo no pudo borrar. Historias que hablan de algo que va más allá de la estadística, más allá del porcentaje de practicantes o de iglesias abiertas. Historias de personas concretas que en situaciones límite se aferraron a María porque no tenían otra cosa a la que aferrarse.

Letonia: la tierra de Latgale y el santuario de Aglona

Hay que ir al sureste de Letonia para encontrar el corazón de la devoción mariana letona. La región se llama Latgale — un territorio histórico que durante siglos estuvo bajo la influencia polaco-lituana en lugar de la alemana-luterana que marcó el norte del país —, y es diferente del resto de Letonia. Habla un dialecto propio. Tiene una cultura propia. Y es profundamente, intensamente católica de una manera que no se parece a ningún otro lugar del Báltico.

En el corazón de Latgale está Aglona: un pueblo pequeño, discreto, que la mayor parte del año parece un lugar como cualquier otro de la Europa rural. Pero Aglona tiene algo que ningún otro lugar de los países bálticos tiene: una basílica barroca de color blanco que se yergue sobre un lago azul, que fue construida en el siglo XVIII por los dominicos polacos que evangelizaron la región, y que alberga una imagen de la Virgen que los letones llaman Aglonas Dievmāte — la Madre de Dios de Aglona.

La imagen es una pintura sobre lienzo, de estilo barroco tardío, que muestra a la Virgen con el Niño. Según la tradición, fue traída a Aglona a principios del siglo XVIII por los dominicos, aunque su historia anterior es incierta. Lo que es indiscutible es lo que ocurre cada 15 de agosto: la Asunción de María.

El 15 de agosto en Aglona: doscientas mil personas

El 15 de agosto de cada año, la pequeña localidad de Aglona se convierte en el centro espiritual de Letonia. Los peregrinos comienzan a llegar días antes: en coche, en autobús, a pie. Desde Riga, desde la frontera con Bielorrusia, desde las comunidades de la diáspora letona en el extranjero. El número de peregrinos que se reúnen en Aglona ese día puede alcanzar las doscientas mil personas — una cifra extraordinaria para un país de menos de dos millones de habitantes.

La peregrinación de Aglona tiene algo que la distingue de muchas otras peregrinaciones marianas de Europa: la intensidad del silencio. Los peregrinos que hacen el último trecho del camino a pie — varios kilómetros, a menudo de madrugada — lo hacen en completo silencio, rezando el rosario mentalmente o en voz muy baja. Cuando llegan al lago que rodea la basílica y ven las torres blancas reflejadas en el agua oscura de la madrugada, muchos rompen a llorar sin saber exactamente por qué.

«Aglona es el lugar donde Letonia recuerda lo que es. No solo lo religioso — también lo humano. La capacidad de estar juntos en silencio ante algo más grande que nosotros.»
— Escritor letón, recogido en una entrevista sobre la identidad nacional

Durante los años soviéticos, la peregrinación de Aglona fue prohibida. Las autoridades colocaban controles de carretera en los accesos a la ciudad. Confiscaban documentos, interrogaban a los peregrinos, amenazaban con consecuencias laborales a los que insistían. Y sin embargo — como en Zarvanytsya, como en la Colina de las Cruces de Lituania — los letones siguieron yendo. Cruzaban los campos de noche, evitando las carreteras principales, llegando a Aglona por caminos que los agentes soviéticos no podían vigilar todos.

  • Siglo XVIIILos dominicos polacos construyen la basílica barroca de Aglona y traen la imagen de la Virgen que pronto es venerada como milagrosa.
  • 1940La URSS ocupa Letonia. Comienzan las deportaciones masivas: más de 35.000 letones son enviados a Siberia solo en 1941.
  • 1941–1990La peregrinación de Aglona es prohibida. Los letones van de todos modos, cruzando los campos de noche, arriesgando el puesto de trabajo y la libertad.
  • 1993Juan Pablo II visita Aglona el 9 de septiembre durante su viaje a los países bálticos. Celebra la misa ante centenares de miles de fieles.
  • 2006El Papa Benedicto XVI visita Aglona durante su viaje a Letonia. «Esta tierra está consagrada por el sufrimiento», dice.
  • ActualidadCada 15 de agosto, 150.000–200.000 peregrinos se reúnen en Aglona para la peregrinación de la Asunción, la más multitudinaria del Báltico.

Juan Pablo II en Aglona: «Esta tierra está consagrada por el sufrimiento»

El 9 de septiembre de 1993, Juan Pablo II llegó a Aglona. Era el momento culminante de su visita a los tres países bálticos, y el Papa lo sabía: había elegido Aglona como el lugar donde decir algo que tenía que decir sobre lo que aquellos pueblos habían sufrido y sobre el papel de la fe en ese sufrimiento.

Celebró la misa al aire libre ante un número de fieles que los organizadores calcularon en más de trescientas mil personas — el mayor acontecimiento de la historia moderna de Letonia. Y ante aquella multitud que lloraba y cantaba en letón los himnos marianos que habían aprendido en secreto, el Papa dijo palabras que los letones todavía recuerdan: «Esta tierra está consagrada por el sufrimiento de su pueblo. La Virgen de Aglona es el testimonio de que Dios no abandona a los que sufren.»

Fue un momento en el que la historia y la liturgia se fundieron. El Papa que había nacido en una Polonia también ocupada, que había visto cómo el comunismo intentaba borrar la identidad de los pueblos, estaba en Letonia, ante la imagen de la Virgen que los letones habían venerado en secreto durante cincuenta años. Y les decía que su sufrimiento no había sido en vano. Que la fe que habían conservado a tanta costa era el bien más precioso que tenían.

Estonia: el país que los soviéticos dejaron casi sin fe

Estonia es diferente. Muy diferente. Mientras Lituania y Letonia (especialmente Latgale) tienen una devoción mariana arraigada y visible, Estonia es el país de los tres donde la Iglesia Católica nunca fue mayoritaria y donde el comunismo tuvo el éxito mayor en borrar la práctica religiosa de la vida cotidiana.

La historia es compleja. Estonia fue luterana desde la Reforma del siglo XVI, cuando los señores feudales alemanes — la clase dominante del país — adoptaron el luteranismo y lo impusieron a la población. El catolicismo quedó como una tradición de una pequeña minoría, ligada principalmente a los polacos y lituanos que vivían en el país. Cuando llegó el comunismo, esa pequeña comunidad católica fue marginada todavía más.

Hoy, los católicos de Estonia son menos de diez mil personas en un país de un millón trescientos mil habitantes. Es una comunidad diminuta, pero de una intensidad devocional notable. Y tienen su propia historia mariana: la imagen de Nuestra Señora de los Dolores en la Catedral de Tallin.

Nuestra Señora de los Dolores de Tallin: la imagen que sobrevivió a los soviéticos

La historia de esta imagen es una de esas historias que parecen inventadas pero que son ciertas, y que dicen algo profundo sobre la naturaleza de la devoción y de los caminos misteriosos por los que a veces sobrevive lo sagrado.

La imagen de Nuestra Señora de los Dolores — una escultura barroca que representa a la Virgen con los siete puñales clavados en el pecho, según la tradición iconográfica de los Siete Dolores — estaba en la catedral católica de Tallin cuando llegaron los soviéticos. Las autoridades, como en todas partes, procedieron a confiscar o destruir los objetos de culto. Pero esta imagen tenía algo que complicó su destino: era considerada una obra de arte de valor histórico.

Y entonces ocurrió algo inesperado: los responsables de cultura soviéticos decidieron utilizarla en una obra de teatro anticlerical. Una sátira sobre la superstición religiosa, el tipo de entretenimiento que el régimen promovía para «educar» al pueblo en el ateísmo científico. La imagen de la Virgen aparecería en escena como símbolo de lo que el pueblo soviético estaba dejando atrás.

El resultado fue el contrario del esperado. El público que veía la obra — gente que en muchos casos nunca había entrado en una iglesia, jóvenes soviéticos educados en el ateísmo — quedaba extrañamente conmovido ante la imagen. Había algo en aquella figura de mujer con los puñales clavados que llegaba a un lugar que la ideología no podía tapar del todo. Y los responsables de la obra, incómodos con esa reacción que no habían previsto, decidieron retirar la imagen de la producción.

Y no se atrevieron a destruirla.

La imagen fue guardada en un almacén, luego olvidada, luego encontrada de nuevo. Cuando las autoridades soviéticas se marcharon y la comunidad católica pudo recuperar sus bienes, la imagen estaba intacta. Hoy preside la pequeña catedral católica de Tallin, venerada por los pocos fieles católicos de Estonia y visitada con curiosidad por los turistas de todo el mundo que encuentran en ella algo que no saben exactamente cómo nombrar.

La Catedral de San Pedro y San Pablo en Tallin
La pequeña catedral católica de Tallin — la única de Estonia — fue construida en el siglo XIX para la comunidad católica de la ciudad, formada principalmente por poloneses y lituanos. Durante la época soviética fue cerrada y utilizada como almacén y sala de conciertos. Fue devuelta a la Iglesia Católica en 1989. La imagen de Nuestra Señora de los Dolores sigue siendo su objeto de veneración principal.

La diáspora báltica: devoción en el exilio

Uno de los fenómenos más notables de la historia mariana de los países bálticos es el de las comunidades en el exilio. Cuando los soviéticos ocuparon los tres países en 1940, miles de personas huyeron hacia Occidente: a Alemania, a Suecia, al Reino Unido, y sobre todo a los Estados Unidos, Canadá y Australia, donde ya había comunidades de emigrantes bálticos de oleadas anteriores.

Estos exiliados — que en muchos casos sabían que nunca volverían a ver su país, o que tardarían décadas en poder hacerlo — construyeron en sus países de acogida iglesias, escuelas, asociaciones culturales. Y construyeron santuarios marianos. En Chicago, en Toronto, en Melbourne, en Buenos Aires: hay iglesias lituanas, letonas y estonias donde la imagen de la Virgen ocupa el lugar central y donde los fieles rezan en sus lenguas ancestrales ante imágenes que son copias de los iconos y pinturas que quedaron en su país ocupado.

La devoción mariana fue para la diáspora báltica lo que fue para las comunidades dentro de los países ocupados: un hilo de identidad que nadie podía cortar. Rezar el rosario en lituano en una iglesia de Chicago era seguir siendo lituano aunque nunca se hubiera visto la Colina de las Cruces. Venerar la imagen de la Virgen de Aglona en una capilla de Toronto era seguir siendo letón aunque no se hubiera visto el lago que rodea la basílica.

Cuando Lituania, Letonia y Estonia recuperaron la independencia en 1991, la diáspora fue uno de los primeros grupos en volver. Llegaron con sus imágenes, con sus tradiciones, con sus recuerdos de una devoción mantenida durante cincuenta años en el exilio. Y encontraron que, a pesar de todo, la fe que habían conservado fuera seguía viva también dentro.

«Crecí en Toronto sabiendo que era letona. No solo porque mi madre me lo decía: también porque cada domingo íbamos a la iglesia letona y rezábamos ante la Virgen de Aglona. Cuando por fin pude ir a Aglona en 1992, fue como completar un círculo que había tardado toda mi vida en cerrar.»
— Testimonio de una emigrante letona de segunda generación, Toronto

María como raíz de identidad: lo que los países bálticos enseñan al mundo

Hay algo que la historia mariana de los países bálticos — con sus diferencias, con sus particularidades, con sus matices de país a país — enseña sobre la naturaleza de la devoción popular. No es solo una historia de fe religiosa en el sentido estricto: es una historia de lo que le pasa a un pueblo cuando le quitan todo lo demás.

El comunismo soviético intentó, con un grado de sistematicidad y de violencia que todavía impresiona cuando se lee detenidamente, borrar de la memoria de los pueblos bálticos su identidad religiosa, su identidad cultural y su identidad nacional. Tenía los medios para hacerlo: el control del Estado, la policía, el ejército, el sistema educativo, los medios de comunicación, la economía. Todo estaba en sus manos.

Y sin embargo falló. No completamente, no en todos los casos — hay generaciones de bálticos que crecieron en el ateísmo soviético y que nunca salieron de él —, pero sí en lo esencial: los tres países siguieron siendo reconociblemente ellos mismos, con sus lenguas, con sus tradiciones, con sus devociones particulares. Y cuando llegó la independencia, la primera cosa que hicieron muchos bálticos fue ir a la iglesia.

¿Por qué? Los sociólogos tienen sus explicaciones. Pero quizás la más simple también sea la más verdadera: la devoción a María — a la mujer que en el Evangelio dice sí cuando todo le pide que diga no, que está al pie de la cruz cuando todos han huido, que sigue presente cuando el mundo parece haberse derrumbado — resonaba de una manera especial con la experiencia de pueblos que habían dicho sí a su propia identidad cuando todo les pedía que la abandonaran, que habían estado al pie de su propia cruz durante cincuenta años, y que habían seguido presentes cuando el mundo parecía haberlos olvidado.

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