Anekdoten über die Jungfrau Maria
Pater Laval und Unsere Liebe Frau vom Frieden in Mangareva

En el extremo sudeste de la Polinesia, donde el Pacífico parece no acabar nunca, se hallan las islas Gambier, y entre ellas Mangareva. Allí llegó, a partir de 1834, el padre Honoré Laval, sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, los llamados picpucianos. Su nombre mismo llevaba inscrita una devoción mariana, y esa devoción marcó toda su obra en aquellas islas lejanas.
Lo que está históricamente documentado es la honda impronta mariana de aquella misión. Bajo Laval y sus compañeros, Mangareva pasó a ser uno de los centros católicos más fervorosos de la Polinesia, con una catequesis y una liturgia muy cuidadas. Se levantaron iglesias, capillas y altares dedicados a la Virgen, en particular bajo títulos como Nuestra Señora de la Paz y la Inmaculada. El monumento más visible de aquel empeño es la gran iglesia de Rikitea, sorprendente por su tamaño en una isla tan pequeña, signo de pueblo que quiso dar a Dios y a su Madre lo mejor que tenía. Y el Rosario, como en tantas misiones picpucianas del Pacífico, se extendió como oración cotidiana del pueblo.
Aquí conviene ser prudente y distinguir. Las crónicas misioneras antiguas hablan de conversiones rápidas atribuidas a la intercesión de María, de procesiones marianas impresionantes y de la veneración de imágenes traídas por los padres. Son relatos hermosos, pero sus detalles más prodigiosos provienen de crónicas impresas de la congregación, no fácilmente verificables hoy, y sobre un milagro mariano puntual con todos sus datos comprobados hay que decir sencillamente que no consta. Adornar lo que no se puede probar sería faltar a la verdad y a la propia Virgen.
Lo que sí podemos afirmar, y basta, es que en aquellas islas perdidas en el océano floreció una fe mariana intensa: una catedral para la Virgen en medio del mar, y un pueblo que aprendió a rezar el Rosario en su propia lengua.
Mangareva nos recuerda que el amor a María no conoce distancias ni fronteras de océano. Donde llegó el Rosario, llegó también la Paz, porque ese es el título con que allí se la invocó: Nuestra Señora de la Paz, Madre que reúne a los pueblos en torno a su Hijo, una cuenta tras otra.
🌹 Eine Blume für die Jungfrau
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