Nuestra Señora de Tetuán

Mariaverering

La Virgen de las Victorias en Tetuán

Tetuán, norte de Marruecos, en el corazón del antiguo Protectorado español

Tetuán es una ciudad que guarda en sus piedras la memoria de dos mundos: el de los andaluces que huyeron de España y el de los españoles que volvieron siglos después bajo otra forma. En esa ciudad de historia entrelazada, la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias conserva la devoción que los colonos y misioneros españoles implantaron durante el Protectorado. Una advocación con nombre de victoria que hoy invita a reflexionar sobre lo que significa realmente vencer.

Ciudad: Tetuán, norte de Marruecos
Templo: Iglesia N.S. de las Victorias
Protectorado español: 1913–1956
Patrimonio UNESCO: Medina de Tetuán (1997)
Historia: Fundada por moriscos andaluces (s. XV)
Tradición: Franciscana

Tetuán, ciudad andaluza en tierra marroquí

Tetuán es una de las ciudades más singulares del norte de África porque lleva inscrita en su tejido urbano la huella de dos exilios: el de los moriscos y judíos expulsados de España a finales del siglo XV, y el de los propios españoles que llegaron siglos después bajo el paraguas del Protectorado. Es, en ese sentido, una ciudad doble, construida por gente que llegó de lejos trayendo consigo una cultura que ya no cabía en el lugar del que venía.

La medina de Tetuán —declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997— es uno de los conjuntos urbanos mejor conservados del norte de Marruecos. Sus callejuelas blancas, sus puertas de arco de herradura, sus casas con patios interiores, sus zocos artesanales: todo recuerda la arquitectura andaluza medieval trasladada a la otra orilla del Mediterráneo. Los moriscos que fundaron la ciudad moderna de Tetuán en el siglo XVI —o reconstruyeron la anterior, que había sido arrasada por los portugueses— trajeron consigo las técnicas constructivas, los patrones decorativos y los saberes artesanales de Al-Ándalus. En Tetuán, la nostalgia de una tierra perdida se convirtió en piedra y en argamasa.

La ciudad tiene también una importante tradición musical: la música andaluza —el muwashahat, las nubas— se conservó en Tetuán con una pureza que sus propios herederos españoles habían perdido. Los grupos de música andaluza de Tetuán son hoy reconocidos internacionalmente como custodios de un patrimonio musical que España misma ha tenido que redescubrir a través de sus vecinos del sur del Estrecho.

La comunidad judía de Tetuán —los megorashim, los expulsados— fue durante siglos una de las más activas e influyentes del Magreb. Comerciantes, traductores, diplomáticos: los judíos de Tetuán sirvieron de intermediarios entre el mundo europeo y el marroquí gracias a su conocimiento de ambas lenguas y ambas culturas. Su presencia se redujo drásticamente a lo largo del siglo XX, y hoy quedan muy pocos judíos en la ciudad, pero su huella en la arquitectura del Mellah, en los apellidos de algunas familias y en la memoria colectiva es todavía visible.

España y Tetuán: historia de una presencia cristiana

La relación entre España y Tetuán no es la de conquistador y conquistado, aunque lo fue en algunos momentos: es una relación más compleja, hecha de guerras, de intercambios, de influencias mutuas y de una proximidad geográfica y cultural que ningún conflicto político ha podido borrar del todo.

La primera ocupación española de Tetuán fue consecuencia de la llamada Guerra de África o Guerra de Tetuán (1859-1860), el conflicto entre España y el sultanato de Marruecos que el general O’Donnell presentó como una expedición de honor para vengar agravios a los españoles de Ceuta. El ejército español tomó Tetuán el 6 de febrero de 1860 tras una campaña que despertó en España un entusiasmo patriótico considerable —sus cronistas más célebres, como Pedro Antonio de Alarcón, la narraron con una prosa de exaltación romántica—, y la ocupó hasta 1862, cuando las condiciones del tratado de paz obligaron a su retirada.

Durante esos dos años de ocupación, los militares y civiles españoles instalados en Tetuán intentaron dejar su impronta en la ciudad: construyeron una iglesia, establecieron una administración, abrieron mercados. Fue un experimento breve y en última instancia fallido, pero dejó en la memoria colectiva española —y en la marroquí— un poso que las décadas siguientes no borraron.

La presencia española se consolidó con el Protectorado (1913-1956). Tetuán fue la capital del Protectorado español en Marruecos, la sede del alto comisario y de toda la administración colonial. En esas cuatro décadas, la ciudad cambió profundamente: se construyó un barrio europeo —el ensanche— con edificios de estilo ecléctico que mezclan el art déco con elementos de la arquitectura hispano-morisca; se abrieron escuelas, hospitales, carreteras; se instaló la red de comunicaciones que vinculó el norte de Marruecos con España. La población española de Tetuán llegó a ser muy numerosa durante ese período, superando en algunos momentos a la población marroquí del ensanche.

La Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias

La Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias en Tetuán fue construida durante el período del Protectorado español para atender las necesidades espirituales de la comunidad cristiana de la ciudad. Es uno de los elementos del ensanche —el barrio europeo construido extramuros de la medina histórica— que refleja la impronta española en la ciudad.

La advocación «Nuestra Señora de las Victorias» tiene una historia que merece detenerse. La devoción a la Virgen con este título tiene raíces en las guerras de la Reconquista española y en las batallas navales del Mediterráneo —la más célebre, la de Lepanto (1571), que se ganó según la tradición gracias a la intercesión de la Virgen del Rosario, asociada también con el título de Victorias en algunos contextos—. El nombre refleja una teología de la guerra santa en la que la victoria militar se atribuye a la protección divina y a la intercesión mariana. Es un lenguaje que hoy, en el contexto del diálogo interreligioso y de la reflexión sobre las violencias de la historia, invita a una lectura más matizada.

Ese mismo nombre —Las Victorias— adquiere en Tetuán una dimensión irónica o, mejor dicho, paradójica: la iglesia que lleva ese título está en una ciudad fundada por los expulsados de una victoria española —la Reconquista—, en un país que recuperó su independencia de la ocupación española en 1956. Las victorias humanas tienen una duración limitada; la devoción mariana, si es auténtica, trasciende los conflictos que la rodearon en su origen y se convierte en algo distinto de lo que fueron sus circunstancias históricas.

Los franciscanos tuvieron un papel activo en Tetuán durante el Protectorado, tanto en la labor pastoral como en la enseñanza. Sus colegios fueron frecuentados por alumnos marroquíes musulmanes además de por los hijos de las familias españolas, y esa apertura educativa fue una de las formas más efectivas de presencia de la Iglesia en la sociedad marroquí del norte.

La devoción mariana en el norte de Marruecos

El norte de Marruecos —la zona del antiguo Protectorado español, que incluye Tetuán, Larache, Alcazarquivir, Xauen, Nador— tiene una relación particular con la devoción mariana española. Las ciudades de esa región conocieron durante cuatro décadas una presencia cristiana densa y organizada, con sus iglesias, sus procesiones, sus fiestas del calendario litúrgico. Muchos marroquíes de la región recuerdan, a través de sus mayores, esas manifestaciones de la fe cristiana que formaban parte del paisaje cotidiano de su infancia.

Esa memoria tiene una textura ambivalente: hay en ella nostalgia de una convivencia que fue, con todas sus limitaciones, una experiencia real; y hay también el recuerdo de las injusticias, las discriminaciones y las humillaciones propias de toda situación colonial. El catolicismo que los españoles practicaban en Tetuán no fue siempre el mejor embajador de sí mismo, contaminado como estaba por las estructuras del poder colonial. Pero la fe que animaba a muchos de esos fieles era auténtica, y la devoción mariana que expresaban tenía una sinceridad que los más atentos observadores marroquíes de la época supieron reconocer.

Hoy, la devoción mariana en el norte de Marruecos ha quedado en manos de la pequeña comunidad católica que persiste en la región: algunos religiosos y religiosas, unos pocos europeos residentes, y los migrantes subsaharianos que han hecho del norte de Marruecos una etapa en su camino hacia Europa. Para todos ellos, la Virgen es la madre que acompaña el camino, independientemente de las circunstancias históricas en las que el culto fue establecido.

La comunidad católica actual en Tetuán

Tras la independencia de Marruecos en 1956, la gran mayoría de los españoles residentes en Tetuán regresó a España. La ciudad, que durante cuarenta años había tenido una fisonomía en parte europea, recuperó su carácter marroquí de manera gradual pero decisiva. El ensanche, con sus edificios de estilo colonial, se fue integrando en el tejido urbano de la ciudad moderna; las iglesias se vaciaron o pasaron a tener un uso reducido.

La comunidad católica actual de Tetuán es muy pequeña. Está compuesta principalmente por sacerdotes y religiosos de congregaciones misioneras, algunos cooperantes europeos y trabajadores de organizaciones internacionales, y un número limitado de migrantes subsaharianos. Las misas se celebran con una asistencia modesta, pero la comunidad mantiene su vida de oración y su vocación de servicio a los más vulnerables de la ciudad.

La Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias sigue en pie, un testimonio silencioso de una historia compleja. Su presencia en el paisaje urbano de Tetuán —junto a las mezquitas, los minaretes y las cúpulas que dominan la medina— es una forma de recordar que las ciudades tienen memoria larga, y que en esa memoria conviven sin borrarse los distintos capítulos de la historia.

Reflexión espiritual sobre las culturas entrelazadas

Tetuán es una ciudad que enseña humildad a quien sabe escucharla. Sus callejuelas guardan el llanto de los moriscos que llegaron de Granada sin saber si volverían; sus edificios del ensanche guardan la memoria de una aventura colonial que terminó como terminan todas las aventuras coloniales. La ciudad sobrevivió a sus ocupantes y sigue siendo ella misma, enriquecida y herida por todos los que pasaron por ella.

La Virgen de las Victorias, venerada en esa iglesia construida en tiempos del Protectorado, es hoy una figura que ha sobrevivido a las circunstancias históricas que la rodearon. Ya no es la patrona de ninguna victoria militar ni de ningún proyecto colonial: es simplemente la Madre de Dios presente en una tierra donde sus hijos son pocos y donde la historia ha dejado cicatrices en todas las comunidades.

Las verdaderas victorias, enseña la fe cristiana, no son las de los ejércitos sino las de la caridad: la victoria sobre el odio, sobre la indiferencia, sobre el olvido de los que sufrieron. La comunidad católica de Tetuán, pequeña y discreta, es en ese sentido heredera de una tradición de presencia que —con todos sus defectos históricos— incluyó también auténticos gestos de servicio, de educación y de encuentro. Que la Virgen de las Victorias interceda para que esa parte de la herencia sea la que prevalezca y la que siga dando fruto en la tierra entrelazada de Tetuán.

«No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo cosecharemos, si no desfallecemos.» (Gálatas 6, 9)

Een bloem voor de Maagd Maria

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