聖母マリアに関する逸話
彼らが葬り去ろうとしていたイメージ:タルパ再生
La imagen de Nuestra Señora del Rosario de Talpa, en Jalisco, era al principio una pequeña talla de pasta de caña de maíz, de unos treinta y ocho centímetros, hecha por indígenas tarascos y llevada a Talpa hacia fines del siglo XVI. Con los años, la humilde imagen se fue carcomiendo y deteriorando, hasta quedar muy dañada a mediados del siglo XVII.
El 19 de septiembre de 1644, el párroco Pedro Rubio Félix decidió retirarla por su mal estado y enterrarla en un hoyo abierto en la sacristía. Encargó a una mujer indígena, María Tenanchi, que la envolviera en manteles viejos antes de sepultarla. Y aquí, dice la tradición, ocurrió el prodigio.
Cuenta el relato piadoso que, al tocar la imagen, brotaron de ella rayos de fuego y una luz intensísima; la capilla se llenó de nubes y de ángeles, y varios de los presentes cayeron desmayados por la impresión. Pasado el sobresalto, vieron que la imagen deteriorada estaba transformada: ya no mostraba carcoma ni roturas, sino renovada, brillante y hermosa. La tradición sostiene que dejó de ser de pasta de caña y se volvió firme como el cedro, incorruptible. A este suceso se le llama la «Renovación Milagrosa».
El editor debe distinguir. Está relativamente documentado, con respaldo eclesial y crónicas, que existió una antigua imagen de pasta de caña venida de Michoacán, que se deterioró y que el párroco decidió enterrarla, con la fecha tradicional del 19 de septiembre de 1644. También consta la coronación pontificia de la imagen el 12 de mayo de 1923 y la gran peregrinación diocesana de Tepic que se remonta a ese año. La diócesis reconoce y celebra el suceso como milagro.
En cambio, la descripción minuciosa de los rayos de fuego, las nubes, los ángeles y los desmayos es relato piadoso tradicional, no verificable más allá de testimonios devocionales posteriores; y el lenguaje de un «cambio de sustancia» de la materia es modo teológico-devocional de narrar, no un informe técnico: no hay análisis científico que lo confirme.
El vínculo con el Rosario es directo y nominal: la advocación misma es Nuestra Señora del Rosario, su fiesta litúrgica del 7 de octubre es de las principales, y los peregrinos —hasta tres millones al año, muchos a pie— llegan rezando el Rosario para cumplir sus promesas y agradecer favores.
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