El Rosario de Nuestra Señora de Guadalupe — Con las meditaciones del Nican Mopohua

El Rosario de Nuestra Señora de Guadalupe

Con las meditaciones del Nican Mopohua y la novena a la Patrona de América

El Tepeyac: la montaña donde el cielo eligió hablar náhuatl

Era el sábado 9 de diciembre de 1531, antes del amanecer. Juan Diego, un indio chichimeca de unos cincuenta y cinco años, recién convertido al cristianismo, caminaba solo por la falda del cerro del Tepeyac, a las afueras de Tenochtitlan —la ciudad que los españoles comenzaban a llamar Ciudad de México—, camino de la iglesia de Tlatelolco, donde tomaba clases de catecismo. Hacía apenas diez años que había caído el Imperio Azteca. El mundo de Juan Diego estaba hecho añicos: su lengua, su religión, su estructura social, todo había sido barrido o estaba siendo barrido.

Entonces escuchó música. Música que venía de lo alto del cerro del Tepeyac, una música tan hermosa que Juan Diego se detuvo, miró hacia arriba, y se preguntó si estaba soñando. La música cesó. Y una voz de mujer, suave y amorosa, le llamó por su nombre: «Juantzin, Juan Diegotzin».

Así comienza el Nican Mopohua, el relato de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe escrito en náhuatl clásico, probablemente por Antonio Valeriano, un indio noble y erudito discípulo de fray Bernardino de Sahagún, en los años inmediatamente posteriores a los hechos. El título significa literalmente «Aquí se narra» en náhuatl. Es el texto fundacional de la devoción guadalupana y uno de los documentos más importantes de la historia religiosa del continente americano.

Lo que el Nican Mopohua revela, a quien lo lee con atención, es que la Señora del Tepeyac no habló como una extranjera europea que aterriza en México. Habló en náhuatl, la lengua de Juan Diego, con una delicadeza y una maestría poética que solo podía venir de alguien que conocía a fondo esa cultura y ese corazón. Usó los títulos honoríficos propios del náhuatl, los diminutivos de cariño, las metáforas poéticas de la tradición mexica. Le dijo que era su «Madre misericordiosa», usando el término que en esa cultura describía la relación más sagrada de la tierra.

El Rosario de Guadalupe, rezado a la luz del Nican Mopohua, es un rosario que medita los misterios de la vida de Cristo desde la perspectiva de Juan Diego: desde la fragilidad, desde el no ser nadie, desde el «¿quién soy yo para esto?» que Juan Diego repite una y otra vez ante la Señora, y desde la respuesta que ella da: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?»

Las apariciones de Guadalupe: Cuatro apariciones entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531. La cuarta aparición, el 12 de diciembre, incluyó el prodigio de las rosas de Castilla que Juan Diego llevó en su tilma (manto de fibra de agave) al obispo Juan de Zumárraga, y la imagen impresa en ese manto que se conserva hoy en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México. El culto fue aprobado eclesiásticamente en 1548. Benedicto XIV proclamó a Guadalupe Patrona de la Nueva España en 1754. Juan Pablo II la proclamó Patrona de América y Estrella de la Nueva Evangelización en 1999.

El Nican Mopohua: el Rosario contemplado desde la poética náhuatl

El texto del Nican Mopohua está construido según la retórica poética del náhuatl clásico, el difrasismo: una técnica que consiste en expresar un concepto abstracto mediante la unión de dos imágenes concretas. Así, «flor y canto» (xochitl, cuicatl) significa en náhuatl «verdad poética, belleza sagrada». Y la Señora del Tepeyac, cuando habla de sí misma, usa difrasismos que un español no habría imaginado.

Cuando la Señora le pide a Juan Diego que le construya una iglesia, no dice simplemente «quiero una iglesia». Dice que quiere «una casita sagrada» en la que dará «todo su amor, compasión, auxilio y defensa» a los hombres. Estas palabras —netlazohtlalizpan, neyolmelahualiztli, tepalehuiloni, teyolihtlazohtilistli— son en náhuatl las palabras que describen el amor maternal en su forma más alta: un amor que cobija, que defiende, que no juzga, que acoge.

El Rosario de Guadalupe invita a contemplar los misterios de Cristo filtrados por esa sensibilidad: la ternura como forma de revelación de Dios, la pequeñez como lugar de la gracia, la Madre que nunca abandona.

Los Misterios del Rosario de Guadalupe — Meditaciones basadas en el Nican Mopohua

Los Misterios Gozosos desde Guadalupe

Primer misterio gozoso

La Anunciación — «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?»

El ángel Gabriel anuncia a María un plan que trasciende toda lógica humana. Juan Diego recibe también en el Tepeyac un anuncio que supera toda lógica: una mujer que se presenta como «Madre del Dios por quien se vive» le pide construir un templo. En ambos casos, Dios elige a alguien que no se considera digno para una misión imposible. La respuesta de María —«hágase en mí según tu palabra»— anticipa la confianza que Juan Diego acabará poniendo en la Señora. Meditamos aquí el sí que Dios pide a los pequeños: no la suficiencia del poderoso, sino la confianza del humilde.

Segundo misterio gozoso

La Visitación — La Madre que sale a buscar al que huye

Cuando Juan Diego intenta evitar al Señora el 12 de diciembre, temiendo las malas noticias que tiene que darle, rodea el cerro para no encontrársela. Y la Señora lo intercepta precisamente en el camino que él creía que la evitaría. «¿Qué hay, hijo mío el más pequeño?», le pregunta. Y le dice: «No se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad ni ninguna otra enfermedad angustiosa.» Como Isabel cuando sale al encuentro de María, la Señora de Guadalupe no espera a que vengan a ella: va al encuentro del que huye, del que tiene miedo, del que cree que el momento no es el adecuado. Meditamos aquí la iniciativa de Dios en nuestra vida.

Tercer misterio gozoso

El Nacimiento de Jesús — Dios elige lo pequeño

Cristo nace en un establo de Belén, no en el palacio de Herodes. La Señora del Tepeyac elige un cerro estéril a las afueras de la ciudad, no la catedral que se construía en el centro. Elige a Juan Diego, un indio del común, no al obispo ni al virrey. Esta lógica de lo pequeño —la misma lógica de la Encarnación— es el corazón del misterio guadalupano. Juan Pablo II, cuando visitó la Basílica en 1979, lo expresó con claridad: «Guadalupe es el evangelio proclamado con imágenes.» Meditamos aquí a Dios que siempre elige lo que el mundo descarta.

Cuarto misterio gozoso

La Presentación en el Templo — La tilma ante el obispo

María presenta al niño Jesús en el Templo de Jerusalén y cumple la Ley. Juan Diego lleva las rosas en su tilma al obispo Zumárraga y, cuando la abre, caen las flores y aparece impresa en el manto la imagen de la Señora. Es también una presentación: Dios presenta ante la autoridad de la Iglesia la prueba de su presencia. El obispo, que había dudado, cae de rodillas. La fe exige a veces señales; la Señora las da con paciencia, sin reproches. Meditamos aquí la pedagogía de Dios: no nos fuerza, nos convence con paciencia.

Quinto misterio gozoso

El Niño perdido y hallado — La Señora encuentra al desorientado

El tío enfermo de Juan Diego, Juan Bernardino, estaba a punto de morir. Juan Diego lo perdía todo: su única familia, su razón para vivir. Salió a buscar al sacerdote para la unción de enfermos y se encontró de nuevo con la Señora. «¿Qué hay, hijo mío el más pequeño?» La Señora sana al tío, le revela su nombre completo —«la siempre Virgen Santa María de Guadalupe»— y convierte el duelo de Juan Diego en alegría. Como los padres que buscan a Jesús en el Templo y lo hallan donde no esperaban, Juan Diego busca al sacerdote y encuentra a la Señora. Dios nunca está donde el miedo nos dice que no está.

Los Misterios Luminosos desde Guadalupe

Primer misterio luminoso

El Bautismo de Jesús — La conversión de millones

Juan Diego fue bautizado aproximadamente en 1524, a los cuarenta y ocho años, cuando los frailes franciscanos llegaron a México. Su bautismo fue el inicio de un proceso que, gracias en parte al milagro del Tepeyac, convirtió al catolicismo a millones de indígenas en pocas décadas. Los historiadores estiman que entre 1531 y 1541 se bautizaron más de nueve millones de personas en el centro de México. El Bautismo de Jesús inaugura su misión pública; la aparición de Guadalupe inaugura la evangelización masiva de América. Meditamos aquí el poder transformador de la gracia bautismal.

Segundo misterio luminoso

Las Bodas de Caná — «Haced lo que Él os diga»

María en Caná intercede ante su Hijo por una necesidad humana concreta: falta el vino. La Señora del Tepeyac intercede ante Dios por las necesidades del pueblo americano: falta la esperanza, falta la dignidad, falta el sentido de ser amado. El modo de intervención es el mismo: pedir, señalar la necesidad, confiar en que el Hijo puede. Juan Diego, que volvió al Tepeyac convencido de que la Señora elegiría a alguien más importante que él, es el anfitrión de las «bodas» del pueblo americano con el Dios de Jesucristo. Meditamos aquí la intercesión de María como puente entre la miseria humana y la abundancia divina.

Tercer misterio luminoso

El Anuncio del Reino — «Soy tu compasiva Madre»

La proclamación del Reino de Dios en el Evangelio es la proclamación de un mundo al revés: los últimos serán los primeros, los pobres recibirán el Reino, los mansos heredarán la tierra. La Señora del Tepeyac proclama ese mismo mundo al revés cuando elige a Juan Diego sobre el obispo, cuando elige el Tepeyac sobre la catedral, cuando llama a su templo una «casita sagrada». El mensaje de Guadalupe es una catequesis del Reino en imágenes. Meditamos aquí la Buena Nueva que los marginados escuchan primero.

Cuarto misterio luminoso

La Transfiguración — La imagen en la tilma

En el Tabor, la divinidad de Cristo se hace visible por un instante en su humanidad. En el Tepeyac, la imagen de la Señora queda impresa en la tilma de Juan Diego como un icono que no puede explicarse por técnica humana alguna. Científicos que han examinado la tilma en los siglos XX y XXI han documentado, entre otras anomalías, que no hay pinceladas visibles con microscopio en las zonas centrales de la imagen, que la tela no tiene preparación ni imprimación, y que en las córneas de los ojos de la imagen se distinguen reflejos con las figuras presentes en el momento del despliegue de la tilma. Meditamos aquí la presencia de Dios que se hace visible de maneras que desbordan nuestra comprensión.

Quinto misterio luminoso

La Eucaristía — El pan de los pobres

Juan Diego iba a catecismo para prepararse para la primera comunión. Iba camino de la iglesia cuando escuchó la música del Tepeyac. La Eucaristía, el Pan de los pobres, estaba en el horizonte de toda su historia. La imagen de Guadalupe muestra a María embarazada —la flor cuadrilobulada sobre su vientre, en la simbología azteca, indica maternidad— portando a Cristo. Como la custodia porta el Pan eucarístico, María porta a Cristo al mundo. Meditamos aquí a María como la que lleva a Cristo a los que tienen hambre de Dios.

Los Misterios Dolorosos desde Guadalupe

Primer misterio doloroso

La Agonía en el Huerto — El llanto de un pueblo

Cuando Cristo agoniza en Getsemaní, el peso de los pecados del mundo cae sobre sus hombros. Cuando la Señora llora en el Tepeyac —el Nican Mopohua no lo dice, pero la tradición sí recoge el llanto de Juan Bernardino ante la imagen de la Virgen de Guadalupe—, llora por un pueblo que acaba de ver derrumbarse su mundo entero. La Conquista había matado no solo cuerpos: había matado dioses, rituales, lenguas, identidades. La Señora aparece en ese huerto de angustia histórica para decir: hay una Madre que no ha huido. Meditamos aquí la presencia de Dios en las catástrofes históricas.

Segundo misterio doloroso

La Flagelación — La dignidad pisoteada y restaurada

El cuerpo de Cristo es azotado. El cuerpo de los indios de México fue también azotado, esclavizado, despreciado. La Señora del Tepeyac les dice que son sus hijos amados. No les dice que olviden el dolor: les dice que tienen una Madre. Esta restauración de la dignidad fue un acontecimiento histórico de primera magnitud. Historiadores de la religión han señalado que la imagen de Guadalupe fue el primer símbolo de identidad cultural panindígena en el continente americano. Meditamos aquí la dignidad que Dios devuelve a los humillados.

Tercer misterio doloroso

La Coronación de espinas — Juan Diego ante el obispo

Juan Diego fue al obispo dos veces y dos veces fue rechazado o ignorado. Los sirvientes del obispo, según el Nican Mopohua, lo trataban con desprecio: a punto estuvieron de arrebatarle las rosas del manto. El Cristo coronado de espinas es el que no es reconocido por quienes deberían reconocerle primero. Juan Diego, ignorado por los poderosos, es también en ese sentido una figura de Cristo. La Señora le asegura que no necesita nada más que confiar en ella. Meditamos aquí la humillación sufrida con dignidad, sin rencor.

Cuarto misterio doloroso

Jesús con la Cruz a cuestas — Juan Diego entre el enfermo y la misión

El 12 de diciembre de 1531, Juan Diego cargaba con dos pesos: el encargo de la Señora —llevar las rosas al obispo— y la agonía de su tío enfermo. Muchas personas se ven en esa encrucijada: la obligación hacia Dios y la obligación hacia los suyos. La Señora resolvió el dilema: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?» Y sanó al tío mientras Juan Diego estaba con el obispo. Dios no nos pide que elijamos entre Él y los nuestros: los cuida a ellos mientras nosotros cumplimos lo que nos ha pedido. Meditamos aquí la providencia que cubre todo lo que entregamos a María.

Quinto misterio doloroso

La Crucifixión — La muerte de un mundo y el nacimiento de otro

La cruz de Cristo es el fin de un orden y el comienzo de otro. La conquista española fue también, para los indios del México central, el fin de un mundo. La Señora del Tepeyac aparece precisamente en ese punto de fractura histórica para anunciar el comienzo de algo nuevo. No borra el pasado: la imagen de Guadalupe lleva elementos de la iconografía náhuatl (la luna a sus pies, el sol que la viste, las estrellas de su manto) integrados en una iconografía cristiana. La Cruz no borra las culturas: las lleva más allá de sí mismas. Meditamos aquí la muerte que lleva vida.

Los Misterios Gloriosos desde Guadalupe

Primer misterio glorioso

La Resurrección — La tilma que no se deteriora

La resurrección de Cristo es la victoria de la vida sobre la muerte. La tilma de Juan Diego, tejida con fibras de maguey —material que normalmente se deteriora en veinte o treinta años—, lleva expuesta más de cuatro siglos y los estudios científicos no han encontrado explicación natural para su conservación. La imagen no muestra cuarteados, no tiene barniz ni capa de imprimación, y resiste condiciones que habrían destruido cualquier tejido comparable. Meditamos aquí la vida que persiste donde la muerte debería haber triunfado.

Segundo misterio glorioso

La Ascensión — Juan Diego en el cielo

Juan Diego murió en 1548, diecisiete años después de las apariciones. Vivió los últimos años de su vida junto a la primera ermita que se construyó en el Tepeyac, cuidando la imagen y recibiendo a los peregrinos. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1990 y canonizado el 31 de julio de 2002 —el mismo año en que Juan Pablo II escribió Rosarium Virginis Mariae—. Su ascensión al altar de los santos es el cumplimiento de una promesa implícita: la Señora nunca abandona a quienes confían en ella. Meditamos aquí el horizonte eterno de cada vida entregada a Dios.

Tercer misterio glorioso

Pentecostés — La evangelización de América

El Espíritu desciende sobre el Cenáculo y los apóstoles salen a hablar en todas las lenguas. La imagen de Guadalupe habló en náhuatl y fue entendida por millones. Hay historiadores de la religión que señalan que la devoción guadalupana fue el mayor catalizador de conversiones en la historia de la Iglesia en América: una imagen que no necesitó intérprete, que habló directamente al corazón de una cultura. Meditamos aquí la forma en que el Espíritu encuentra siempre el lenguaje que cada corazón puede entender.

Cuarto misterio glorioso

La Asunción — María, la que ya está donde todos queremos ir

María asumida al cielo en cuerpo y alma es la garantía de la resurrección de todos. La imagen de Guadalupe muestra a María de pie sobre la luna, vestida de sol, rodeada de estrellas —imágenes que el Apocalipsis usa para la Mujer que derrota al dragón—. Es la imagen de quien ya ha vencido, de quien ya está en la gloria, y que desde allí extiende la mano a los que siguen en el camino. Meditamos aquí la esperanza cierta de que la historia termina bien para quienes aman a Dios.

Quinto misterio glorioso

La Coronación de María — «Soy vuestra Madre misericordiosa»

María coronada Reina de cielos y tierra es la misma que en el Tepeyac se presenta como «la Madre misericordiosa de todos vosotros, los que viváis juntos en esta tierra». La Reina del Universo y la Madre del indio pobre son la misma persona. Esto es lo que el Tepeyac revela: que el trono de Dios es a la vez el manto que cobija al último de los hombres. Meditamos aquí la grandeza que se hace pequeña por amor, y la pequeñez que la grandeza de Dios eleva.

La Oración Guadalupana en náhuatl y español

A lo largo de los siglos, los devotos de Guadalupe en México han transmitido oraciones en náhuatl que expresan la relación de amor filial entre el pueblo y la Señora del Tepeyac. El Nican Mopohua es el documento más importante de esa tradición. De él proceden las palabras más significativas que la Señora pronunció ante Juan Diego:

Las palabras de la Señora a Juan Diego — Náhuatl y español
Náhuatl clásico (Nican Mopohua, c. 1540)

«Ca nelli nomatca nehuatl in namechnotlazohtilia, in amechnocentlamachtia, inic nican nicnotlaliznequi noteopanchantzin.»

Español

«Verdaderamente yo soy vuestra Madre misericordiosa, vuestra y de todos los que viváis juntos en esta tierra, y de todos los demás géneros de hombres, los que me amen, los que me llamen, los que me busquen, para aquí quiero escuchar su llanto, su tristeza, para remediar, curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.»

Las palabras de la Señora sobre el miedo — Náhuatl y español
Náhuatl clásico

«¿Cuix amo nican nica in nonantzi? Cuix amo ica mehuacatitlan, xayacatitlan ti ca? Cuix amo nehhuatl nimitztlaocolia?»

Español

«¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»

Texto náhuatl del Nican Mopohua, edición crítica de Mario Rojas Sánchez y Carlos Warnholtz (2001). Traducción española basada en la versión de Primo Feliciano Velázquez (1926) y revisada por el Instituto Superior de Estudios Guadalupanos.

La Novena a Nuestra Señora de Guadalupe — Los nueve días completos

La novena a Nuestra Señora de Guadalupe se reza habitualmente del 3 al 11 de diciembre, en preparación a la fiesta litúrgica del 12 de diciembre. Cada día tiene una intención particular, siguiendo los nueve dones que la Señora prometió a Juan Diego: amor, compasión, auxilio, defensa, consuelo, alivio, remedio para todas las necesidades, escucha de todos los lamentos, y la promesa de llevar a sus hijos al cielo.

Oración inicial de la novena (todos los días)

«Oh Virgen de Guadalupe, Madre nuestra, que desde el cerro del Tepeyac te dignaste visitar a tu pueblo americano y le prometiste tu amor, tu compasión y tu auxilio, escucha las súplicas que te presentamos en estos días de preparación a tu fiesta. Ayúdanos a conocer mejor a tu Hijo Jesucristo, a amarlo más de veras y a seguirle con mayor fidelidad. Amén.»

Primer día (3 de diciembre) — El don del amor

«Señora del Tepeyac, Madre del verdadero Dios por quien se vive: tú nos has dicho que amas a todos los hombres y que tu corazón no cierra sus puertas a nadie. Alcánzanos la gracia de amarte a ti y de amar a nuestros hermanos con un amor que no conozca fronteras ni distancias. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Segundo día (4 de diciembre) — El don de la compasión

«Señora del Tepeyac, que quisiste escuchar el llanto y la tristeza de tu pueblo: enséñanos a mirar con ojos de compasión a los que sufren, a los solos, a los enfermos, a los que lloran sin que nadie los escuche. Que en nuestra vida no haya nadie que busque una oreja compasiva y no la encuentre. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Tercer día (5 de diciembre) — El don del auxilio

«Señora del Tepeyac, que enviaste a Juan Diego con rosas de Castilla como señal de que tu auxilio no conoce obstáculos: socórrenos en nuestras necesidades más urgentes. Tú sabes lo que necesitamos antes de que lo digamos; alcánzanos del Señor lo que nos falta para cumplir su voluntad. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Cuarto día (6 de diciembre) — El don de la defensa

«Señora del Tepeyac, que prometiste ser nuestra defensa y protección: cúbrenos con tu manto estrellado en los momentos de peligro, de tentación y de miedo. Que ninguno de tus hijos caiga mientras se sabe bajo tu manto. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Quinto día (7 de diciembre) — El don del consuelo

«Señora del Tepeyac, fuente de alegría de los que en ti confían: cuando el peso de la vida se hace demasiado pesado, cuando la tristeza nos anega, cuando no encontramos razón para seguir, recuérdanos que estás aquí, que somos tuyos, que tu amor es más fuerte que cualquier dolor. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Sexto día (8 de diciembre — Inmaculada Concepción) — El don de la pureza

«Señora del Tepeyac, concebida sin mancha de pecado original, Inmaculada desde el primer instante de tu existencia: alcánzanos la gracia de un corazón limpio, que no acumule rencores ni mentiras, que no se cierre al perdón. Haznos dignos hijos tuyos, imitadores de tu pureza. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Séptimo día (9 de diciembre) — El don de la escucha

«Señora del Tepeyac, que escuchaste la música del amanecer y en ella convocaste a Juan Diego: enséñanos a escuchar la voz de Dios en el ruido del mundo, en las personas que nos rodean, en los acontecimientos de cada día. Que seamos como Juan Diego: capaces de detenernos cuando algo nos llama desde lo alto. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Octavo día (10 de diciembre) — El don de la misión

«Señora del Tepeyac, que enviaste a un hombre sencillo a hacer lo que parecía imposible: danos el valor de cumplir la misión que Dios nos ha dado, aunque nos sintamos pequeños, aunque nos rechacen, aunque tengamos que volver más de una vez. Que seamos como Juan Diego: perseverantes en lo que Dios nos pide. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Noveno día (11 de diciembre) — El don de la esperanza

«Señora del Tepeyac, Estrella de la Nueva Evangelización, Patrona de América y de todos los que sufren en este mundo: que al terminar estos nueve días de oración nuestra vida sea un poco más tuya, nuestra mirada un poco más esperanzada, nuestro corazón un poco más generoso. Y que un día, al terminar este camino, podamos estar contigo para siempre en el cielo. Amén.»

Seguido de un Padre Nuestro, tres Avemarías, un Gloria y la Salve Regina.

Juan Pablo II y «la Madre de todos los americanos»

El 22 de enero de 1999, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México, el papa Juan Pablo II firmó la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in América, en la que proclamó a Nuestra Señora de Guadalupe «Madre de América» y «Estrella de la Primera y Nueva Evangelización».

«La Virgen de Guadalupe, desde el momento en que se hace presente en la vida del pueblo americano, es la gran misionera del Evangelio en estas tierras. Ella es el ícono del evangelio inculturado. Su mensaje es de vida, de amor y de esperanza para los hombres de todos los tiempos.»
Juan Pablo II, Ecclesia in América, n. 11 (1999)

Juan Pablo II visitó el santuario del Tepeyac en tres ocasiones (1979, 1990, 1999) y fue siempre ante la imagen donde rezó con mayor intensidad durante esas visitas. En 1979, en su primer viaje apostólico a México, dijo ante millones de fieles que habían venido a verle: «Así te llaman con entrañable cariño los mejicanos y todos los americanos: nuestra Señora de Guadalupe.» Y añadió: «Que Ella nos enseñe el camino que lleva a Cristo.»

Oración Guadalupana para concluir el Rosario

«Oh Virgen del Tepeyac, Madre nuestra y Madre de todos los americanos: tú que viniste a buscar a Juan Diego cuando huía, ven también a buscarnos a nosotros cuando huimos de Dios, de nosotros mismos, de los demás. Cúbrenos con tu manto, protégenos bajo tu sombra, lléva nos a tu Hijo. Que como Juan Diego podamos un día abrir el manto de nuestra vida y mostrar la imagen de Cristo grabada en ella. Amén.»

Oración de tradición devocional guadalupana, inspirada en el Nican Mopohua y en las palabras de Juan Pablo II en sus visitas a Guadalupe.

Fuentes: Antonio Valeriano (atrib.), Nican Mopohua (c. 1540), edición crítica de Mario Rojas Sánchez. · Juan Pablo II, Ecclesia in América (1999), n. 11. · Congregación para el Culto Divino, decreto de proclamación de San Juan Diego, Acta Apostolicae Sedis (2002). · Primo Feliciano Velázquez, traducción del Nican Mopohua al español (1926). · Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, Ciudad de México — informaciones históricas oficiales.
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Reina de la Paz · Medjugorje

Mensaje para meditar

Una invitación a detenerse, orar y volver la mirada a Jesucristo.

Fragmento de un presunto mensaje, presentado con prudencia conforme a la Nota vaticana de 2024.

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