Nuestra Señora en las Islas Cook — Fe en los atolones del sur

Advocación mariana

Nuestra Señora en las Islas Cook

Fe en los atolones del sur · Polinesia · Oceanía

Las quince islas del fin del sur

Dispersas entre Samoa Americana y las Islas de la Sociedad, en un mar que parece no tener orillas, las Islas Cook son quince pedazos de tierra y coral que el océano Pacífico ha dejado asomar sobre su superficie como recordatorios de que el mundo es mucho más grande de lo que imaginamos. Algunas son montañosas y verdes, como Rarotonga, con sus picos que se hunden en las nubes y sus valles donde el silencio tiene textura. Otras son atolones planos, casi al nivel del agua, tan bajos que en días de tormenta el mar amenaza con tragarlos: Manihiki, Penrhyn, Rakahanga.

En total, no llegan a los 20.000 habitantes. Pero hay un detalle que cambia la perspectiva: hay más cook islanders —así se llaman, con orgullo, en su propia lengua— viviendo fuera de las islas que dentro de ellas. La mayoría está en Nueva Zelanda, especialmente en Auckland, donde forman una de las comunidades polinesicas más activas y culturalmente cohesionadas del Pacífico. Y esa diáspora lleva consigo, intacta, la fe que nació en los atolones: la fe en Cristo, la devoción a María, el canto que aprendieron de sus abuelas.

La llegada de los primeros evangelizadores

El primer gran movimiento misionero en las Islas Cook llegó de la mano de la Sociedad Misionera de Londres —protestantes, con toda la energía y la severidad del protestantismo del siglo XIX— en 1821. El reverendo John Williams desembarcó en Rarotonga con la convicción de que era posible transformar a aquellos polinesios, y lo consiguió, aunque al precio de prohibir sus danzas, sus cantos, sus vestimentas y parte de su cultura. Fue una evangelización que sembró mucho trigo pero también, hay que reconocerlo, mucho dolor.

Los misioneros católicos llegaron después, con una historia diferente y una presencia más modesta pero no menos significativa. La diócesis católica de Rarotonga fue erigida para servir a las comunidades católicas de las islas, que aunque minoritarias —el protestantismo sigue siendo la tradición mayoritaria a través de la Cook Islands Christian Church, heredera de la London Missionary Society— mantienen una fe profunda y bien enraizada.

La Catedral de San José en Avarua, la capital de Rarotonga, es la única catedral católica del archipiélago. No es un edificio monumental ni aspira a serlo: es una iglesia de tamaño humano, construida con materiales locales, abierta al viento del Pacífico, donde la imagen de María preside el altar con la sencillez propia de los lugares donde la fe no necesita ostentación para ser real. Los cook islanders católicos la tratan como a una vecina: le traen flores del jardín, le hablan en su lengua, le confían cosas que no le dirían a nadie más.

La diócesis de Rarotonga: Aunque la mayoría de los cook islanders son protestantes (Cook Islands Christian Church, heredera de la London Missionary Society), la comunidad católica es activa y reconocida. La catedral de San José en Avarua es el centro de la vida católica del archipiélago y el lugar donde se celebran las grandes fiestas marianas del año.

El imene tuki: cuando la fe canta con el cuerpo

Para entender la devoción mariana de las Islas Cook, hay que entender primero el imene tuki. La palabra imene viene del inglés hymn —himno—, y el tuki hace referencia al golpe, al impulso rítmico que caracteriza este estilo vocal único. El imene tuki es una forma de canto a capella —sin ningún instrumento, solo voces humanas— donde las melodías se construyen en capas: una soprano que lleva la melodía principal, llamada perepere; un bajo profundo que marca el ritmo con una especie de gruñido rítmico controlado; y un coro de voces intermedias que tejen armonías de una complejidad que deja boquiabierto a cualquier musicólogo occidental.

Lo que hace único al imene tuki es ese final de frase: la voz cae súbitamente de tono, como si la melodía se hundiera en el Pacífico para surgir renovada en el siguiente verso. Es un sonido que no se parece a nada de lo que un europeo espera escuchar en una iglesia, y sin embargo es profundamente sagrado, profundamente devoto, profundamente polynésico.

Nacido en el contexto del protestantismo misionero del siglo XIX, el imene tuki fue adoptado también por las comunidades católicas de las islas, que lo adaptaron a sus propios himnos marianos. Así, en la Catedral de San José de Avarua, se puede escuchar el Ave María cantado en lengua maorí de las Cook con esa caída de voz que hace que el corazón se detenga un instante. La fe polinesia encontró en el imene tuki su voz más auténtica: no la voz del misionero europeo, sino la del pueblo que la recibió y la hizo suya.

«El imene tuki no lo aprendes de un libro. Lo aprendes escuchando a tu madre. Y tu madre lo aprendió de la suya. Y así hasta los primeros que cantaron para la Virgen en estas islas.» —Testimonio de una cantora de Avarua.

Manihiki: la capilla de las perlas y la Virgen de los Pescadores

A 1.200 kilómetros al norte de Rarotonga, en mitad de un océano que en sus días tranquilos parece un espejo de plata, se encuentra el atolón de Manihiki. Es una corona de tierra y coral que rodea una laguna de una transparencia extraordinaria, y esa laguna esconde uno de los tesoros más preciados del Pacífico: las ostras de perla negra que han dado fama mundial a las Islas Cook.

Manihiki tiene unos pocos cientos de habitantes. No hay aeropuerto convencional, no hay hotel de lujo, no hay carretera que rodee el atolón porque el atolón es tan angosto que ni siquiera hay espacio para ella. Pero hay una pequeña iglesia, y en esa iglesia hay una imagen de María que los manihikianos llaman, con la sencillez que da el mar, la Virgen de los Pescadores.

Los buzos de Manihiki se sumergen hasta diez metros de profundidad en apnea —sin botellas de oxígeno— para recoger las ostras. Es un trabajo hermoso y peligroso. Cada mañana, antes de entrar al agua, algunos pasan por la capilla. No siempre es una visita larga. A veces es solo un momento, una mirada a la imagen, una frase que se dice en voz baja o en silencio. Pero ese momento lo llevan consigo cuando se sumergen, y los que han sobrevivido a corrientes inesperadas, a buceos que se complicaron, a momentos en que el agua no quería soltarlos, dicen que en aquellos segundos tenían algo que les sujetaba desde dentro.

La fiesta de la Virgen de los Pescadores en Manihiki no tiene fecha fija en el calendario litúrgico universal: la comunidad la celebra cuando puede, cuando el tiempo lo permite, cuando los barcos están en el atolón. Se improvisa una procesión alrededor de la laguna, con la imagen llevada a mano por los pescadores jóvenes mientras los mayores cantan. Es una de esas liturgias que ningún manual teológico ha descrito, pero que el Cielo, si escucha, no puede sino reconocer como oración.

El rosario en el avión de Navidad

Hay una imagen que resume con más precisión que cualquier estadística la devoción mariana de los cook islanders en la diáspora. Cada año, en las semanas antes de Navidad, los vuelos de Air New Zealand y Air Rarotonga que conectan Auckland con Rarotonga se llenan de cook islanders que vuelven a casa. Las maletas van llenas de regalos, de alimentos que no se encuentran en la isla, de ropa para los niños. Y en algún momento del vuelo —que dura unas tres horas y media—, alguien saca el rosario.

No siempre es una iniciativa organizada. A veces es una abuela que empieza a rezar en voz baja, y sus hijos se unen, y luego los vecinos de asiento que la conocen de la parroquia de Auckland, y luego alguien del otro lado del pasillo que reconoce las palabras aunque no conozca a nadie. El avión va volando sobre un océano que no tiene fondo, entre cielos que en estas latitudes tienen un azul que no se parece al de ningún otro lugar, y en el interior del avión un hilo de Ave Marías va conectando Auckland con Rarotonga como si el rosario fuera el puente real entre las dos orillas de la diáspora.

Llegar a las islas por Navidad es, para muchos cook islanders, la experiencia más intensa del año. Reencontrarse con los ancianos, bañarse en las lagunas de la infancia, ir a misa en la iglesia donde uno fue bautizado. Y en esa misa de Nochebuena, escuchar el imene tuki de toda la congregación reunida —los que viven en la isla todo el año y los que han vuelto de Auckland, de Sydney, de Los Ángeles— es comprender que la fe puede sobrevivir a la diáspora, puede sobrevivir al asfalto y a los inviernos del hemisferio norte, puede sobrevivir a todo lo que el mundo moderno pone entre la gente y sus raíces.

La Inmaculada Concepción de Avarua

La fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre, es en Avarua una de las celebraciones marianas más sentidas del año litúrgico católico. La Catedral de San José se llena de flores —las flores de Rarotonga son de una abundancia y un color que parece excesivo para quien viene del hemisferio norte, pero que en el Pacífico es simplemente lo normal— y la misa se celebra con una solemnidad que contrasta con la informalidad amable de la vida cotidiana en las islas.

Lo que más llama la atención de un visitante externo es la mezcla de generaciones. Los abuelos que recuerdan haber aprendido las oraciones marianas en la misión, los padres que las enseñaron a sus hijos antes de emigrar, los jóvenes nacidos en Auckland o Sydney que vuelven con una fe que sus padres sembraron en ellos con paciencia y que el catecismo de la diáspora ha mantenido viva. La Virgen María es, en las Islas Cook católicas, el hilo que cose la diáspora con la tierra de origen, la generación presente con las anteriores, el Pacífico con el mundo global en que viven sus hijos.

La diáspora cook islander: Según datos del Gobierno de las Islas Cook, hay aproximadamente 58.000 cook islanders en Nueva Zelanda, frente a menos de 18.000 que viven en las propias islas. Es una de las proporciones de diáspora más altas del mundo en relación a la población total. La fe mariana es uno de los vínculos más fuertes que mantienen la identidad comunitaria en la diáspora.

La voz de los que no volvieron

No todos los cook islanders de la diáspora pueden volver a las islas. El billete de avión cuesta, el permiso de trabajo no siempre se puede tomar, la abuela ya no está para esperarte y el viaje pierde su urgencia. Hay cook islanders que llevan décadas sin pisar Rarotonga y que, sin embargo, no han perdido su fe mariana: la practican en la parroquia de South Auckland, en la comunidad del barrio, en las reuniones que organizan los fines de semana para mantener viva la lengua maorí cook y las canciones de los abuelos.

En esas reuniones, a veces alguien empieza un imene tuki. No hace falta aviso previo ni ensayo. Las voces se encuentran solas, como si hubieran estado esperando la señal, como si el cuerpo recordara lo que la mente a veces olvida. Y en esas armonías que suben y caen y vuelven a subir, hay algo que va más allá de la nostalgia: hay una afirmación de identidad, una oración que dice «existimos, estamos aquí, somos hijos de estas islas y de esta fe, y la Virgen sabe dónde estamos aunque estemos lejos».

Las Islas Cook son pequeñas. Pero la fe que llevan sus gentes por el mundo es grande como el océano del que salieron.

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