Holy Scripture
Los discípulos quisieron convertir la ceguera de un hombre en una pregunta sobre culpables. Jesús rechazó aquella lógica, se acercó a él y lo trató como persona capaz de responder y dar testimonio.
Al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos preguntaron quién había pecado para que naciera así: él o sus padres. La pregunta colocaba su vida dentro de una cuenta de culpas heredadas. Jesús rechazó las dos opciones. Su respuesta no autoriza a decir que Dios causó la ceguera para conseguir un efecto; corta la acusación y dirige la mirada hacia una obra que debía hacerse presente en aquel encuentro.
Jesús hizo barro, se lo puso en los ojos y mandó al hombre lavarse en la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió viendo. El relato no termina en la curación. Los vecinos discutieron si era realmente la misma persona que antes pedía limosna. Frente a quienes hablaban sobre él, el hombre tuvo que afirmar su propia identidad: era él, no un personaje intercambiable ni un problema del que otros pudieran apropiarse.
Los fariseos lo interrogaron repetidamente sobre lo ocurrido y discutieron acerca de Jesús. También llamaron a sus padres, que confirmaron que había nacido ciego, pero evitaron explicar más por miedo a ser expulsados de la sinagoga. El hombre fue presionado para que negara lo que sabía. Respondió con sobriedad: no podía resolver todas las disputas sobre Jesús, pero sabía que antes no veía y ahora veía.
A medida que el interrogatorio se endureció, su testimonio se volvió más claro. Finalmente lo expulsaron. Jesús supo que lo habían echado, lo buscó y se dio a conocer. El hombre respondió con fe y lo adoró. Quien al comienzo era tratado como objeto de una teoría sobre el pecado acabó hablando por sí mismo y encontrándose personalmente con Cristo cuando la comunidad lo había dejado fuera.
El Catecismo presenta las curaciones de Jesús como signos de la cercanía del Reino y recuerda su compasión hacia quienes sufren. También advierte, al señalar que no curó a todos los enfermos, que no podemos transformar estos relatos en una fórmula automática. La dignidad de una persona con discapacidad no depende de que llegue una curación, y su situación nunca permite deducir una culpa propia o familiar.
Esta página invita a desmontar una pregunta que todavía hace daño: «¿qué habrá hecho para que le ocurra esto?». En lugar de diagnosticar culpas ajenas, podemos escuchar a la persona, retirar barreras, respetar su palabra, defenderla ante el desprecio y permanecer a su lado si otros la excluyen. La obra de Dios no consiste en convertirla en argumento, sino en reconocerla, servirla y abrir espacio para su encuentro con Cristo.
01
Lo que parecía
Que la ceguera debía poder explicarse señalando el pecado del hombre o de sus padres, y que otros tenían derecho a hablar por él.
02
Lo que descubrimos
Que Jesús rechazó la búsqueda de culpables, actuó con compasión y volvió a buscar al hombre cuando su testimonio le costó la expulsión.
03
Para tu vida
Cuando alguien sufra una enfermedad o discapacidad, elimina de tu lenguaje la sospecha de castigo. Pregunta qué barrera concreta puedes retirar y escucha su experiencia sin hablar en su lugar.
Prayer
Una oración para hoy
Señor Jesús, líbranos de explicar el sufrimiento acusando. Enséñanos a ver a cada persona, escuchar su voz, retirar barreras y permanecer junto a quien ha sido excluido. Abre nuestros ojos a tu compasión. Amén.
Origen y referencias
Origen de esta meditación: Holy Scripture. La etiqueta ayuda a distinguir la Escritura, la memoria de una vida, una tradición y la reflexión editorial, sin presentar unas como si fueran las otras.
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