Sagrada Escritura
Ana llegó al santuario herida por años de esterilidad y humillaciones. Antes de que cambiara su circunstancia, pudo levantarse, comer y marcharse con otro semblante porque había desahogado su alma ante Dios.
El primer libro de Samuel presenta a Ana dentro de un dolor prolongado. No tenía hijos y Feniná, la otra esposa de Elcaná, la humillaba año tras año. Cuando la familia subía a Siló, Ana lloraba y no quería comer. El cariño de su marido era real, pero su intento de consolarla no anulaba la herida ni respondía a todo lo que ella estaba viviendo.
Después de una comida, Ana se levantó y fue a orar al santuario. La Escritura dice que tenía el ánimo amargado y que lloró abundantemente. Movía los labios sin emitir voz. El sacerdote Elí interpretó mal aquella escena y la acusó de estar borracha. Incluso en el lugar de oración, su dolor fue juzgado antes de ser escuchado.
Ana no se retiró avergonzada ni respondió con desprecio. Explicó que no había bebido y que estaba desahogando su alma ante el Señor por su gran congoja. Elí corrigió su juicio y la despidió en paz. Entonces sucede un detalle decisivo: Ana volvió por su camino, comió y su semblante ya no fue el mismo. Eso ocurrió antes de saber que concebiría a Samuel.
Más tarde nació el niño pedido y Ana cumplió el compromiso que había expresado en su oración, llevándolo al servicio del santuario cuando fue destetado. El relato tiene un desenlace concreto, pero no ofrece una fórmula para obtener un hijo ni permite insinuar que toda esterilidad se resolverá del mismo modo. Tampoco presenta las lágrimas como falta de fe.
El primer fruto visible de la oración fue poder decir la verdad delante de Dios y de quien la había juzgado mal. Orar no hizo irrelevante su deseo ni le exigió fingir serenidad. Le permitió colocar su congoja ante Alguien, recibir una palabra de paz y volver a la vida ordinaria sin tener todavía el resultado en las manos.
Comprender más tarde puede comenzar así: no con una explicación del dolor, sino con la posibilidad de no cargarlo a solas. También nosotros podemos escuchar antes de interpretar, rectificar un juicio precipitado y acompañar sin prometer desenlaces que no conocemos.
01
Lo que parecía
Que los años de humillación y la acusación injusta de Elí dejaban a Ana sola incluso cuando intentaba rezar.
02
Lo que descubrimos
Que pudo desahogar su alma, decir la verdad y recuperar el semblante antes de conocer el desenlace de su petición; Elí también pudo rectificar y ofrecer paz.
03
Para tu vida
Lleva hoy a la oración una pena sin embellecerla. Si alguien te cuenta la suya, escucha antes de diagnosticar; y si lo has juzgado mal, rectifica con la misma claridad con que lo hiciste sufrir.
Oração
Una oración para hoy
Señor Jesús, recibe lo que aún no sabemos expresar más que con lágrimas. Líbranos de juzgar el dolor ajeno, danos humildad para rectificar y concede a quienes esperan una compañía verdadera, sin promesas fáciles ni abandono. Amén.
Origen y referencias
Origen de esta meditación: Sagrada Escritura. La etiqueta ayuda a distinguir la Escritura, la memoria de una vida, una tradición y la reflexión editorial, sin presentar unas como si fueran las otras.
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